Hay un momento en la vida en que uno se cansa de buscar fuera.
Te das cuenta de que el ruido de los demás solo distrae, que las opiniones del mundo no te salvan… y que lo que de verdad necesitas no está en ningún lugar externo.
No necesitas que te den la razón, ni que te entiendan, ni que te acompañen.
Tampoco necesitas seguridades prestadas ni apoyos que se tambalean con el tiempo.
Lo que buscas —aunque no siempre lo sepas— es paz. Y esa paz no viene de tenerlo todo resuelto… viene de dentro.
La verdad no grita, no discute, no entra en debates.
La verdad, cuando es tuya, se siente.
Y cuando la sientes, no hay forma de que nadie te la arrebate, porque no está basada en creencias, sino en certezas profundas.
Puedes estar rodeado de dudas, pero si dentro hay claridad, el ruido no afecta.
Por eso, si algo te confunde, no te pierdas preguntando a todo el mundo.
Ve hacia dentro.
Calla el mundo, escucha tu alma… y espera.
La verdad no siempre llega rápido, pero cuando llega… todo encaja.
Entonces caminas en paz, sin necesidad de explicar, convencer ni defenderte.
Solo sigues tu camino.
Con la cabeza alta, el corazón en calma… y el alma en su sitio.
Cuando ya no perteneces a un lugar, la vida te lo dice, no con palabras, sino con pequeñas sacudidas que incomodan el alma.
Te coloca en rincones oscuros, donde todo parece confuso y pesado, para que mires más allá de lo conocido.
No temas al caos, porque es un mensajero. Lo que hoy duele, mañana te abrirá puertas que jamás imaginaste.
Escucha cuando la vida te empuja suavemente, aunque duela. Es su manera de guiarte, de mostrarte que la incomodidad no es un castigo, sino un llamado de atención, para que despiertes a las decisiones que debes tomar.
Es el primer paso hacia un camino más claro, hacia un lugar que te espera. Un lugar donde podrás sincronizarte con todas tus formas y estados, y ser más libre.
Más despierto. Más consciente de que cada decisión que tomas puede acercarte a esa libertad o alejarte de ella.
Por eso, vive en el ahora, porque es aquí y ahora donde tu vida ocurre. No en el pasado, ni en el futuro, sino en este instante, que es todo lo que tienes.
Hoy me embarco en un viaje que he decidido emprender en solitario, un viaje hacia mí mismo, hacia los rincones más profundos de mi mente y mi espíritu. Me alejo del bullicio del mundo exterior, de las opiniones ajenas y de todo aquello que pueda distraerme de la serenidad y el autodescubrimiento. Durante los próximos días, mi hogar será mi refugio y mi diario, mi más fiel confidente.
La soledad no será mi enemiga, sino mi maestra. Quiero sumergirme en esos espacios en blanco donde el aburrimiento podría acechar, para descubrir lo que realmente tiene que decirme mi interior. En estos momentos de quietud, sé que emergen pensamientos y sentimientos que he mantenido enterrados. Quizás, al fin, encuentre la esencia de lo que he estado buscando durante estos años de batalla silenciosa con la enfermedad.
No busco glorificar lo que estoy viviendo, ni deseo compasión ni condolencias. Se trata de un acto de introspección pura, una forma de plasmar mis planteamientos para mí mismo, un recordatorio de que siempre hay algo más profundo por descubrir, sanar, aceptar, dentro de mí. Sin embargo, lo comparto para quien pueda encontrar inspiración en él, para quien sienta que puede resonar con esta búsqueda personal de escuchar a su alma.
Cuido de mi cuerpo a través de una buena alimentación y un poco de ejercicio, tanto físico como mental, sabiendo que cada pequeño acto de cuidado es una declaración de amor hacia mí mismo. Me doy el permiso de descansar lo justo, con el objetivo de mantenerme presente y consciente durante este viaje.
Hoy inicio el día cero, un día que marca el inicio de otra página, no solo en mi diario, sino en mi vida. Me adentro en el silencio, listo para escuchar, listo para aprender.
Dar porque así lo sientes, es como verter agua de nuestra propia fuente, sin medir su caudal, simplemente porque el deseo de compartir brota naturalmente. Cuando damos de esta manera, sin esperar que algo vuelva hacia nosotros, tocamos una forma pura de felicidad que nace del amor desinteresado.
Es como la tierra que da sus frutos a raudales, sin preguntar quién recogerá la cosecha. En este desprenderse y ofrecer lo que sentimos, encontramos una paz interior que no se compra ni se vende, porque su valor reside en la intención. Así, al dar por el simple placer de hacerlo, descubrimos un mundo donde la bondad se multiplica y retorna como un eco de bienestar compartido.
Para mí, «tenerlo todo» significa alcanzar la habilidad de entender nuestro propósito en la vida, comprender la razón por la que estamos aquí. No hablo de religiones específicas, sino de una disposición general para aceptar que todo es posible.
Sin embargo, sin entrar en detalles no explorados, es curioso cómo la ciencia avanza a pasos agigantados en crear productos para ralentizar el envejecimiento, pero aún no entendemos cómo funciona el alma, cómo opera nuestro cerebro con lo espiritual, hasta dónde llegan nuestras creencias a limitarnos que poseemos un poder infinito para alcanzar cualquier cosa y con esto incluyo el poder de la autocuración o autosanación, o porque no nos cuentan el verdadero funcionamiento completo de la glándula pineal?
El Universo está lleno de misterios.
Hay tantas preguntas sobre la vida que en ocasiones podemos sentirnos abrumados por la información contradictoria, llevando a la conclusión de que quizás es mejor no saber nada, porque no existe una verdad absoluta.
Para cada uno de nosotros, «tenerlo todo» podría significar encontrar nuestro propósito vital. Mientras no logremos esto, la vida puede carecer de sentido. Lograr tal comprensión es un verdadero arte, una destreza que es difícil de explicar y de comprender completamente. Sin embargo, tengo claro que, si queremos descubrir quiénes somos realmente, recordar de dónde venimos y entender nuestra misión aquí, necesitamos despojarnos de las expectativas que la sociedad ha impuesto sobre nosotros.
A menudo vivimos aparentando en lugar de ser quienes realmente somos, debemos dejar de ser lo que los demás quieren que seamos y empezar a vivir auténticamente, aceptando nuestra verdadera esencia. Reconocer la luz que llevamos dentro y entender que somos una manifestación de luz y de esa fuente de creación, es crucial, para la evolución.
Esta es mi perspectiva, sobre lo que significa para mí «tenerlo todo», es una búsqueda constante de autenticidad interna y de conexión con la divinidad que reside en cada uno de nosotros. De recordar quiénes somos, de donde hemos venido y poder así reconocer el propósito que debemos cumplir cada uno de nosotros.
Esta transformación interna nos ayudará a entender mejor nuestra existencia y vivir con un propósito real. Con estos pensamientos en mente, enfoco cada día en explorar, aprender y crecer. Cada paso que doy hacia la comprensión personal también contribuye al bienestar de todos y a la elevación espiritual de la humanidad. No hay límite en este camino de autoconocimiento y unión con lo divino, y mi compromiso es seguir avanzando con determinación y humildad en este viaje de la vida.
“NUNCA DES 🪡 PUNTADAS SIN HILO 🧵”, así me decía quien me crió. «Nunca hagas algo sin motivo, pues la vida es muy corta». Entonces entendí que cada momento de mi vida es como una parte distinta de esa cálida manta que es mi vida misma, tejida por mis propias manos, por mis propias creencias, influenciado por mi educación, lo que he aprendido de los demás, de los libros leídos, de la influencia ejercida por aquellos a quienes más he admirado en esta vida… y, en general, de las experiencias compartidas con todas esas personas que alguna vez se han cruzado conmigo en el camino.
Algunos se quedan, otros se van; los amigos son como esas nubes, todas con una forma distinta, cambiantes y diferentes, como cada uno de ellos, que traen lecciones, algunas envueltas en alegrías y otras en forma de tropiezo. Sí, de esos que enseñan a través de lo que duele, y lo peor o mejor es que si no lo hemos pillado, la vida me da otra oportunidad para aprenderlo.
Mis amigos son como espejos en los que reflejan quién soy, esto me muestra mis debilidades, mis fortalezas, mis defectos y virtudes y por supuesto, también me enseñan a ver la vida desde distintos puntos de vista. Me enseñan a ver otros matices de la misma vida, pero con frescura, como lo hacía de niño. Reconozco que volver a esa mirada inocente y curiosa, puede ser la clave para resolver problemas, encontrar respuestas y ser valientes.
La vida no es complicada; nosotros la complicamos con culpas y preocupaciones que nada tienen que ver con nosotros. Solo debemos saber ser responsables con nuestras decisiones y acciones, y aprender a decir no, cuando es no.
Aprovechar el presente y disfrutar lo que tenemos es esencial. Yo soy el resultado de lo que admiro en otros, de lo que suma en mi vida. Vivo con entusiasmo y una pasión que nada ni nadie me va a arrebatar nunca. Ya que soy yo, quien decide qué me afecta y qué no.
Para vivir en esta vida, es necesario saltar de vez en cuando, y soltar aquello que no nos pertenece, dar la espalda a todo eso que es negativo, y dar la cara cuando hay que afrontar los problemas de verdad, dando ejemplo con hechos, ser alguien que cumpla su palabra y ofrecer ayuda a los demás.
No nos quejemos tanto, pues te aseguro que ahora mismo, hay cientos de miles de personas, peor que nosotros. Pues así de simple es la vida, aprendamos a agradecer cada mañana y en vez de pedir y pedir y pedir… mejor ofrezcamos al universo ser instrumento de ayuda para los demás, pues recibimos lo que damos. ¡Así de simple, no compliquemos las cosas!
Hablando conmigo mismo durante todos estos años, transitando la enfermedad y que me ha obligado a ausentarme de la vida social y laboral, he comprendido lo importante que es aceptar que todo en la vida es temporal. Durante mucho tiempo, me he resistido a adaptarme a los cambios inevitables, peleando contra la realidad que me rodea. Pero ahora, en este momento de reflexión, encuentro tranquilidad al entender que todo tiene un final, sin excepción.
Es un desafío aceptar que incluso nuestra existencia, tan ligada a nuestras relaciones y a nuestras emociones profundas, llegará a su fin en algún momento. Sin embargo, al aceptarlo, descubro una sensación de paz que antes desconocía. Aprender a aceptar con cariño tanto las experiencias positivas como las negativas que nos brinda la vida es liberador y enriquecedor.
He aprendido a abrazar cada momento que se cruza en mi camino con calma y sin apegos, ya sean momentos de felicidad fugaz o momentos dolorosos de estos que dejan huellas para toda la vida. Estas experiencias, tan breves como destellos en el universo, se enlazan en un ciclo eterno.
Si pudiéramos alejarnos de pensar en las cosas como buenas o malas, nos daríamos cuenta de que todo está diseñado para que crezcamos y nos sintamos bien. Cada prueba, cada logro y cada despedida forman parte de un ciclo que no tiene fin. Al aceptar esto, encontramos la fuerza necesaria para caminar con otra actitud por nuestra vida.
Así que, en medio de esta situación en la que cada uno vive, permitámonos liberarnos de la lucha constante. Dejemos que la paz inunde nuestros corazones, mientras nos sumergimos en el flujo de lo que es, abrazando con entendimiento y mucho amor, sin olvidarnos de agradecer a la vida, aunque a veces no tenga piedad. Cada momento y cada latido de esta, nuestra vida.
Total, ¿para qué queremos entender tantas cosas? Si al final, todos nos vamos de aquí y ya sabemos de sobra que nadie sale de este mundo vivo. Entonces, lo mejor es no esperar nada y vivir el ahora, porque es lo único que tenemos y nos pertenece de verdad. Si tuviera que darte un consejo, solo te diría que trabajes el desapego hacia lo que te hace sentir mal, hacia todo lo material que no sea estrictamente necesario, y hacia cualquier banalidad, tanto como puedas y cuanto antes mejor.
La verdad con amor y el amor de verdad, siempre.
Katriel Quin.
Cuando amanecer es uno de los regalos más bonitos que recibes cada día y no nos damos cuenta porque vivimos en un corre corre, que no nos llevará nunca a nada que esté cerca de la felicidad.
Agradezco a la vida, cada momento es significativo en mi vida, cada persona es aprendizaje en mí, que me nutre de vivencias, de vida y otras cosas… pero nosotros también entregamos experiencias a los demás, somos energía kármica, y esta se encarga de llevar los mensajes del universo a los que lo necesitan, mientras, al mismo tiempo recibimos nuestros propios mensajes, una vez concluya, estas personas solo mensajeras desaparecen sin más. O desaparecemos sin más… y a veces no existen motivos que justifiquen eso… a veces nos enfocamos en el ¿por qué?
Recordemos esto: somos humanos que servimos a la fuente creadora a tejer lazos del destino del tiempo y del espacio infinito con ese hilo que nos conecta a todo el universo, hay días que somos humanos y hay días que somos ángeles, esos días en los que somos ángeles no somos del todo conscientes de lo que hacemos o decimos, pues una fuerza muy notable nos impulsa a salir de la rutina y es ahí cuando el ángel mensajero tiene que llevar un mensaje y luego volver a su vida, esta entrega de mensajes puede durar horas y algunas veces la vida entera…
Debemos recordar esto, que los que llegan como mensajeros, nunca podrán quedarse….. cada uno debe volver a su vida, seguramente no allí donde la dejó, pero sí donde vuelve a ser uno con todo… entonces la pregunta correcta que debemos hacernos es ¿para qué está ocurriendo esto en mi vida? ¿Qué debo aprender de todo esto que vivo?
Por todo esto sé que alguna vez estuviste en mi vida como mensajero/a, y tuviste que volver a ti, por la causa que fuera… GRACIAS POR TU TIEMPO, POR EXISTIR, gracias por la enseñanza, por el mensaje, a todos esos maestros que vamos recibiendo en el camino hacia el único ser que todos somos.
Cada mañana, mis ojos se abren lentamente y mi mirada se dirige directamente hacia el techo de mi pequeña habitación. Las delicadas sombras juegan en sus ángulos, recordándome una vez más que esta es mi realidad. Las cuatro paredes que me rodean, tan familiares y cercanas, son testigos mudos de mi día a día. En ese instante, mientras me encuentro entre la niebla del sueño y la vigilia, una pregunta se insinúa en mi mente: ¿qué significan estas paredes para mí?
Deslizo mis pies sobre el suelo frío y me dirijo hacia la cocina, con la certeza de que esta rutina matutina es un regalo para mi existencia. Preparo mi desayuno, tal vez sencillo pero lleno de gratitud. Un aroma acogedor se desprende de los ingredientes que cobran vida bajo mi cuidado. Mientras mezclo los sabores en busca de equilibrio, mis pensamientos se desvían hacia esas cuatro paredes que me han abrazado en las noches oscuras y en los días brillantes.
A medida que siento el calor de la taza entre mis manos, mi mente se llena de reflexiones sobre estas paredes. Me doy cuenta de que ellas son mucho más que una simple barrera física. Son un refugio, un lugar sagrado que me ha protegido de las tormentas externas y de las batallas internas. Han sido testigos silenciosos de mis alegrías y mis penas más profundas.
Cada noche, cuando las sombras se alargan y las luces se apagan, es en este espacio donde encuentro paz. Aquí, las cuatro paredes se convierten en un lienzo en blanco donde puedo ser vulnerable y honesto conmigo mismo. Puedo llorar, reír, soñar y crecer sin miedo al juicio ajeno. Estas paredes me brindan el raro privilegio de ser yo mismo, sin filtros ni máscaras.
Y así, mientras saboreo cada bocado de mi desayuno y siento la calidez del hogar en cada sorbo, mis ojos se llenan de gratitud. Agradezco por estas cuatro paredes que han sido mi refugio y mi confidente, que han compartido mis historias y mis secretos más preciados. Agradezco por la seguridad que me han brindado en un mundo incierto y en ocasiones hostil.
Porque aunque estas cuatro paredes pudieran parecer simples y ordinarias, para mí son todo lo contrario. Son un símbolo de fortaleza, de pertenencia y de arraigo. Son un recordatorio constante de que, aunque pueda haber incertidumbre afuera, aquí dentro, siempre habrá un lugar donde puedo encontrarme y ser yo mismo.
Y así, con la última gota de mi infusión, vuelvo mi atención al techo de mi cuarto y me encuentro agradecido por su constante presencia. Son las cuatro paredes de mi habitación, mi compañía más fiel y eterna, y en ellas encuentro la paz y la fuerza para enfrentar un nuevo día.
El pasado ya no nos pertenece, ya que no somos la misma persona. Cada día al despertar, emergemos como una nueva versión de nosotros mismos. No deberíamos desperdiciar tiempo pensando en lo que pudo haber sido en el pasado, ya que solo nos entristece recordar lo vivido o lo que no experimentamos.
Podemos recordar, pero no debemos mirar atrás, ya que si lo hacemos, no nos daremos cuenta de que solo al final de nuestras vidas comprenderemos estas palabras que estoy intentando explicar.
Aquellos que han estado en esa línea saben a lo que me refiero. Despertar repentinamente de ese letargo en el que nos hemos quedado mirando al pasado sin siquiera darnos cuenta de que la vida es lo que sucede mientras pensamos en lo que ya no es, lo que ya se fue, lo que ya no suma…
Es cierto que los recuerdos siempre vivirán en nuestra mente, porque recordar también es vivir, como solía decir mi abuela. ¿Es bueno recordar? Sí, pero debemos hacerlo con la atención puesta en el aquí y ahora, en el momento en el que nos encontramos. Ahí es donde ocurre nuestra vida, en el presente, en el hoy, no en el mañana ni en el pasado mañana, sino en el hoy.
Si supieras cuántas cosas te estás perdiendo por estar pensando en lo que sucedió o en lo que sucederá, no nacerías, porque no te daría tiempo suficiente para crecer y vivir como adulto. El tiempo que perdemos es casi toda una vida, y eso es una tragedia inmensa.
Somos un conjunto de recuerdos y momentos vividos, pero eso será cuando ya no estemos aquí, porque mientras estemos, debemos escribir cada día el libro de nuestra historia, aquel que nos entregan en blanco y que vamos llenando día a día con nuestras decisiones y acciones.
Es muy importante vivir en el presente, ya que todo lo que decidimos hoy repercutirá en nuestro mañana. Si alguien más está tomando las decisiones por ti, es porque estás absorto en el pasado o aterrado por el futuro, y en ese caso, habrás entregado tu presente en manos de alguien más. Esto no debería ser así, ya que tu vida te pertenece y debe ser vivida por ti, tomando decisiones y actuando siendo tú mismo, con tus virtudes y defectos, con tus buenos días y no tan buenos. Vivir completamente en el pasado o en lo que vendrá en el futuro no nos permite apreciar la grandeza del regalo de la vida, del tiempo y el espacio en el que estamos transitando en este mismo instante.
AHORA, siéntete respirar, observa todo a tu alrededor… ESTÁS VIVIENDO TU VIDA. Es un breve instante frente al universo, pero te pertenece. Quizás dentro de 100 años nadie te recuerde, por eso y más, toma tu vida y VIVE EN EL AHORA. Te mereces todo lo que el universo te ofrece, y mañana será otro día. No pienses en eso… porque tu vida no está en el mañana, tu vida siempre estará aquí, en el ahora…