La dignidad no hace ruido.
No discute, no pelea, no exige.
Se queda de pie cuando todo alrededor se derrumba.
Se seca las lágrimas a escondidas, recoge sus pocas fuerzas, y camina.
No necesita testigos, ni aplausos, ni justicia.
La dignidad sólo necesita una cosa: ser fiel a uno mismo.
A veces te la quitan todo: el lugar, el nombre, la voz.
A veces te señalan, te juzgan, te dejan solo.
Y aun así —o quizá precisamente por eso—
es cuando descubres que la dignidad no era algo que te podían arrancar.
Era algo que nacía de dentro y que nadie más podía tocar.
El orgullo grita: “Yo no me dejo pisotear.”
La dignidad susurra: “Aunque me humillen, yo no perderé mi verdad.”
El orgullo se levanta para ganar.
La dignidad se levanta para no perderse a sí misma.
Hay derrotas que destruyen, y derrotas que salvan.
Cuando todo parece perdido, quien tiene orgullo se queda vacío.
Quien tiene dignidad, se convierte en una semilla enterrada:
invisible para los ojos de todos…
pero viva, intacta, esperando el momento de florecer.
Porque al final, no gana quien más fuerza tiene,
ni quien más alto grita.
Gana quien, aún roto, sigue eligiendo el amor,
sigue eligiendo la luz,
sigue eligiéndose a sí mismo.
LA VERDAD CON AMOR Y EL AMOR DE VERDAD, SIEMPRE.
Katriel Quin.

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