Hay una forma de cansancio que no nace del camino, sino de la lucha constante contra el propio camino. Uno quiere llegar antes de tiempo, entender lo que todavía no ha terminado de revelarse y cerrar heridas que aún están pronunciando su última palabra. Después descubre que no era la vida quien lo estaba agotando. Era la prisa.
La tierra nunca le pide permiso a la semilla para empezar a transformarla. Primero desaparece lo que parecía firme. Después se rompe lo que parecía completo. Solo mucho más tarde aparece aquello que todos llaman nacimiento. Desde fuera parece que no ocurre nada. Desde dentro, todo está cambiando.
También nosotros vamos dejando una voz sembrada en nuestro interior. Cada palabra que repetimos encuentra un lugar donde quedarse. Unas alimentan la esperanza. Otras alimentan el miedo. Y llega un día en que dejamos de distinguir si vivimos la realidad o aquello que llevamos años diciéndonos sobre ella.
Entonces comprendí que la paz nunca había estado al final del camino esperándome. Siempre había caminado a mi lado. Era yo quien no podía verla porque iba demasiado deprisa.
Desde ese día dejé de pedirle a la vida que corriera conmigo.
Y fue la primera vez que sentí que ella no estaba llegando tarde.
Era yo quien, por fin, había llegado a su tiempo.
La verdad con amor y el amor de verdad, siempre.
Katriel Quin.



