Cada mañana, mis ojos se abren lentamente y mi mirada se dirige directamente hacia el techo de mi pequeña habitación. Las delicadas sombras juegan en sus ángulos, recordándome una vez más que esta es mi realidad. Las cuatro paredes que me rodean, tan familiares y cercanas, son testigos mudos de mi día a día. En ese instante, mientras me encuentro entre la niebla del sueño y la vigilia, una pregunta se insinúa en mi mente: ¿qué significan estas paredes para mí?
Deslizo mis pies sobre el suelo frío y me dirijo hacia la cocina, con la certeza de que esta rutina matutina es un regalo para mi existencia. Preparo mi desayuno, tal vez sencillo pero lleno de gratitud. Un aroma acogedor se desprende de los ingredientes que cobran vida bajo mi cuidado. Mientras mezclo los sabores en busca de equilibrio, mis pensamientos se desvían hacia esas cuatro paredes que me han abrazado en las noches oscuras y en los días brillantes.
A medida que siento el calor de la taza entre mis manos, mi mente se llena de reflexiones sobre estas paredes. Me doy cuenta de que ellas son mucho más que una simple barrera física. Son un refugio, un lugar sagrado que me ha protegido de las tormentas externas y de las batallas internas. Han sido testigos silenciosos de mis alegrías y mis penas más profundas.
Cada noche, cuando las sombras se alargan y las luces se apagan, es en este espacio donde encuentro paz. Aquí, las cuatro paredes se convierten en un lienzo en blanco donde puedo ser vulnerable y honesto conmigo mismo. Puedo llorar, reír, soñar y crecer sin miedo al juicio ajeno. Estas paredes me brindan el raro privilegio de ser yo mismo, sin filtros ni máscaras.
Y así, mientras saboreo cada bocado de mi desayuno y siento la calidez del hogar en cada sorbo, mis ojos se llenan de gratitud. Agradezco por estas cuatro paredes que han sido mi refugio y mi confidente, que han compartido mis historias y mis secretos más preciados. Agradezco por la seguridad que me han brindado en un mundo incierto y en ocasiones hostil.
Porque aunque estas cuatro paredes pudieran parecer simples y ordinarias, para mí son todo lo contrario. Son un símbolo de fortaleza, de pertenencia y de arraigo. Son un recordatorio constante de que, aunque pueda haber incertidumbre afuera, aquí dentro, siempre habrá un lugar donde puedo encontrarme y ser yo mismo.
Y así, con la última gota de mi infusión, vuelvo mi atención al techo de mi cuarto y me encuentro agradecido por su constante presencia. Son las cuatro paredes de mi habitación, mi compañía más fiel y eterna, y en ellas encuentro la paz y la fuerza para enfrentar un nuevo día.
La verdad con amor y el amor de verdad, siempre.
Katriel Quin









