Cuando ya no perteneces a un lugar, la vida te lo dice, no con palabras, sino con pequeñas sacudidas que incomodan el alma.
Te coloca en rincones oscuros, donde todo parece confuso y pesado, para que mires más allá de lo conocido.
No temas al caos, porque es un mensajero. Lo que hoy duele, mañana te abrirá puertas que jamás imaginaste.
Escucha cuando la vida te empuja suavemente, aunque duela. Es su manera de guiarte, de mostrarte que la incomodidad no es un castigo, sino un llamado de atención, para que despiertes a las decisiones que debes tomar.
Es el primer paso hacia un camino más claro, hacia un lugar que te espera. Un lugar donde podrás sincronizarte con todas tus formas y estados, y ser más libre.
Más despierto. Más consciente de que cada decisión que tomas puede acercarte a esa libertad o alejarte de ella.
Por eso, vive en el ahora, porque es aquí y ahora donde tu vida ocurre. No en el pasado, ni en el futuro, sino en este instante, que es todo lo que tienes.
Si Cristo volviera hoy, lo clavarían en una cruz de luces y pantallas, y su martirio sería transmitido al mundo entero.
Primero lo alzarían como un ídolo, un faro que deslumbra las multitudes. Sería el milagro del momento, la figura que todos desearían seguir. Pero cuando el brillo se apagara y la novedad se desvaneciera, lo abandonarían, dejándolo caer como una hoja seca que ya no alimenta la raíz.
Imaginen el revuelo: alguien dice que un hombre llamado Jesús de Nazaret devuelve la vida a los muertos y convierte el agua en vino. Los escenarios más grandes del mundo lo reclamarían, y cada anfitrión de televisión buscaría el milagro que sellara su carrera. “Multiplica los panes y los peces aquí, frente a nuestras cámaras”, le dirían. “Habla tus verdades del monte, pero que sea en vivo, que todos lo vean”.
Los sanados por su toque, los leprosos curados, los ciegos que ahora ven, saltarían de un canal al otro contando sus historias, no por gratitud, sino por un contrato. Los productores pelearían por las palabras de Lázaro, el que cruzó la muerte y regresó. Incluso María, su madre, sería interrogada, su pureza convertida en duda o espectáculo.
Su vida, tan llena de maravilla y misterio, sería reducida a un drama vulgar. Las lenguas envidiosas lo pintarían con sombras, diciendo que su poder era un truco, que se movía entre pecadores y prostitutas, que conspiraba con criminales. Lo señalarían por cenas con publicanos y por una bondad que no entendían.
Y, como antes, surgirían los rostros familiares: un Judas que lo vendería por monedas, un Pedro que, por miedo, lo negaría. Habría un Tomás que exigiría tocar las heridas para creer y un Pilatos que, cobarde, lavaría sus manos. Y la multitud, esa marea que cambia con el viento, clamaría de nuevo por su sangre, prefiriendo al criminal antes que al justo.
Cristo no sería crucificado entre dos ladrones, sino entre nuestras propias contradicciones, entre el ruido y el olvido. Porque lo que no comprendemos, lo destruimos.
Y entonces, cuando todo termine, no quedará más que el eco de su voz, susurrando todavía: “Bienaventurados los que tienen hambre de verdad, porque ellos serán saciados.”
Que la paz esté con quienes aún buscan, y la luz con quienes aún creen.
LA VERDAD CON AMOR Y EL AMOR DE VERDAD, SIEMPRE.
De un texto de Jesús Quintero parafraseado por katriel Quin.
En el sendero silencioso de la vida, una luz suave nos guía, pequeña y constante, es la empatía, luciérnaga del alma, que con delicadeza ilumina el corazón distante.
Habita en el susurro de las hojas al viento, escucha las penas sin apurar el tiempo, con ojos de amor mira el dolor ajeno, y siente en su piel lo que el otro ha vivido.
Conoce la dulzura y la fuerza necesaria, pues su anhelo es sanar y jamás herir, sutilmente, entre sombras, teje hilos de paz, su abrazo desata nudos, su presencia alivia.
Camina con el manto de la comprensión, escucha miradas, decifra silencios, en cada herida abierta vierte su luz, y levanta con suavidad a quien ya no puede más.
Porque la magia de la empatía es simple y pura, vive en el presente, siendo y estando, y su don es recordar a cada ser cansado que nunca estamos solos en el sendero andado.
Hace un año tenías miedo de como sería llegar hasta aquí y si las cosas irían bien. Ahora que ya has llegado puedes comprobar que el miedo al futuro no se basa en algo certero. Estás bien y, no sé cómo, pero gradualmente irás encontrando la manera de estarlo también en el futuro.
Diciembre ha llegado de nuevo, trayendo consigo un dulce y amargo sentimiento. Los años han pasado, y ya no soy el joven de veinte; cada año sumado me regala una mezcla de conocimiento y añoranza como si el tiempo mismo me abrazara. He aprendido que hay momentos en que el mundo se siente distante, cuando aquellos que solían estar cerca se alejan, especialmente cuando la enfermedad golpea a nuestra puerta. La soledad, ese compañero inesperado, resuena como un eco en la inmensidad del desierto.
Es doloroso reconocer que, en nuestros momentos más frágiles, la cercanía de algunos se convierte en una indiferencia palpable. A veces, parece que regresan solo cuando ya no somos una carga, cuando piensan que la lucha ha llegado a su fin. Esta experiencia, aunque pesada, nos deja una herida que anhela ser vista, el deseo de un abrazo cálido que nos haga sentir comprendidos.
Sin embargo, en medio de ese vacío, he descubierto la fortaleza más grande del universo, que reside en cada uno de nosotros, esperando ser abrazada. Cada día de lucha se transforma en un aprendizaje; cada desafío, en una oportunidad para florecer. Este mes de diciembre es diferente, porque he renacido. Aunque mi cuerpo aún no esté en su mejor forma, mi mente y mi espíritu se han unido, brindándome la esperanza y el valor para sentirme completo. Es mi esperanza quien se levanta con cada amanecer, quien lucha con firmeza, negándose a aceptar que la vida se ha detenido.
He aprendido a atesorar los momentos simples, las pequeñas alegrías que, en medio del sufrimiento, a menudo pasan desapercibidas. Este diciembre, anhelo sonrisas sinceras, buenos deseos que fluyan sin reservas y un ambiente de serenidad que me impulse hacia adelante. Ya no busco las migajas de nadie, ni la rutina disfrazada, ni un perdón vacío, ni una amistad forzada, ni un corazón que gime por la ausencia de amor. Ya no quiero pedir nada, porque ahora estoy listo para recoger lo que he sembrado en la soledad del silencio. Nunca he dejado de sembrar, y eso solo lo sabe mi alma y el universo. Ahora es tiempo de cosechar lo que la vida tenga para mí, y lo haré sin pedirlo, porque soy yo quien decide ahora, el cómo y el cuándo.
Nos cruzaremos en la vida, y tal vez me verás diferente. Probablemente preguntes qué me ocurre, por qué he cambiado tanto, y, sinceramente, responderé que no he cambiado, que simplemente he crecido. Porque he dejado atrás el hacerme pequeño para encajar… se acabó el esperar a los demás antes que a mí mismo. Siete diciembres distintos me separan de aquel que fui, del que ya no está, a este en quien me he convertido. Quien me acompañó lo hizo desde el corazón, o al menos eso espero. De cualquier manera, mi alma, mi mente y yo siempre estaremos agradecidos, y jamás se quedarán en el olvido, porque yo no soy así, y el tiempo, como siempre, dará la razón a aquellos que hablan con el corazón.
Asi que Diciembre, ya estoy listo para recibirte con gratitud, consciente de que mi camino ha sido muy doloroso, difícil, estresante, exigente, severo y agotador, pero pero al mismo tiempo sé que estoy más cerca de la versión más fuerte de mí mismo. La vida, aún con sus altibajos, es un regalo, y estoy aquí para abrazarlo con toda la fuerza que alberga mi alma y todo ese amor que siento en mi corazón.
A veces, tenemos que aceptar que somos responsables de permitir que otros nos hagan daño. Nos hemos desahogado con las personas equivocadas, compartiendo nuestras luchas y preocupaciones sin pensar en las consecuencias. Aprendemos que no todos están capacitados para conocer lo que sucede en nuestras vidas. No podemos abrirles las puertas de nuestros problemas, ya sean con nuestra pareja, hermanos, hijos o amigos.
Es fundamental que antes de hablar, reflexionemos bien sobre lo que compartimos y, sobre todo, a quién se lo decimos. Hay demasiadas almas vacías en este mundo que pueden aprovecharse de nuestra vulnerabilidad. Debemos proteger nuestros sentimientos y ser más selectivos con quienes eligen entrar en nuestro mundo.
No suelo hablar de mí, no porque no me considere importante, sino porque siento que hay temas más relevantes que discutir. En mi vida, soy ciertamente importante: soy el protagonista de mi historia, el arquitecto de mi universo, y el creador de mi realidad, que se conecta y entrelaza con las realidades de quienes me rodean. Por ello, prefiero centrarme en temas que nos unen o nos separan, explorando esos lazos que se rompen o se forjan para siempre.
Este día de meditación profunda hacia mi propia esencia, en busca de mí ser más profundo, me doy cuenta que en esta meditación de hoy, lo importante radica en nuestra incapacidad para comprender lo que sucede a nuestro alrededor, en vivir en un mundo donde parece que lo único que importa es la satisfacción personal. Hoy, los valores han cambiado, y lo material se ha convertido en la medida de importancia para muchos, dejando de lado lo que realmente sentimos o quiénes somos.
Actualmente, no solo se juzgan las acciones; también se evalúan pensamientos y emociones. Parece que mi verdad es menos valiosa que otras, ya que solo se valida aquella que sirve a quienes la promueven, incluso si es una falsedad.
Descubrí que la vida es mucho más extensa que lo que somos capaces de percibir. Recuerdo cuando mi abuela decía: «Nada es lo que parece», y ahora entiendo cuán cierto era. Solía confiar en lo que veía y sentía, pero he aprendido que muchas veces lo que oímos no es cierto. Nos hemos vuelto expertos en ocultar lo real, guardando trucos bajo la manga y cediendo al engaño.
El secreto está en reconocer que solo vemos lo que nos permiten creer. La verdad se esconde a simple vista, y ver con claridad se convierte en un lujo. Nos enseñan a observar únicamente aquello que quieren que veamos.
Al final, lo que importa no es quién eres, sino que encuentres una salida a la jaula en la que nuestras vidas están atrapadas. La vida no se detiene a esperar mientras intentamos entenderla. Como en el ajedrez, cuando comprendemos las reglas, puede que ya sea demasiado tarde. La existencia es efímera, y lo crucial es vivirla plenamente sin dejar que el tiempo se nos escape entre los dedos.
Soy consciente de que somos más que cuerpo; somos alma. Y es en esa esencia espiritual donde buscamos la verdad y el amor que deseo compartir a través de mis palabras.
Cada uno de nosotros es especial, como si tuviéramos una luz única. A veces, cuando vemos a alguien que actúa de manera distinta o tiene gustos que no son comunes, podemos llamarlo “raro” sin pensarlo bien. Pero ser diferente no debería hacernos sentir mal.
Buscar ser “normal” puede hacernos olvidar quiénes somos realmente. En ese intento de encajar, a veces dejamos de lado lo que nos hace únicos. Quizás te gusten cosas que otros no entienden, como vestir de una forma creativa, estudiar algo poco habitual o soñar con algo que pocos imaginan.
Esas diferencias son, en realidad, lo que te hace especial. Cada una de ellas brilla dentro de ti y contribuye a la diversidad que hace que nuestro mundo sea tan hermoso. En lugar de sentirte avergonzado por ser diferente, tal vez deberías sentirte orgulloso de ser quien eres.
Cuando te aceptas a ti mismo, también inspiras a otros a ser auténticos. Ser tú es un regalo para el mundo. Al abrazar tu individualidad y conectar con los demás, creamos un espacio en el que todos pueden ser quienes son y donde brillan las diferentes luces de cada persona.
Recuerda que cada uno tiene su camino y que al compartir nuestra esencia, el mundo se vuelve un lugar más rico y lleno de color.
Dar porque así lo sientes, es como verter agua de nuestra propia fuente, sin medir su caudal, simplemente porque el deseo de compartir brota naturalmente. Cuando damos de esta manera, sin esperar que algo vuelva hacia nosotros, tocamos una forma pura de felicidad que nace del amor desinteresado.
Es como la tierra que da sus frutos a raudales, sin preguntar quién recogerá la cosecha. En este desprenderse y ofrecer lo que sentimos, encontramos una paz interior que no se compra ni se vende, porque su valor reside en la intención. Así, al dar por el simple placer de hacerlo, descubrimos un mundo donde la bondad se multiplica y retorna como un eco de bienestar compartido.
No necesitamos un mapa que nos diga dónde ir. Lo que importa es estar alerta a lo que sucede a nuestro alrededor. La incomodidad no es una opción; es un requisito para alcanzar lo que realmente deseamos. Si no estás dispuesto a enfrentar el fracaso, te quedarás estancado. Fracasar significa aprender, y cada error es una lección que te acerca a la mejora.
Deja de suponer. Haz preguntas y sé consciente de las palabras que usas; cada decisión que tomas afecta a los demás y, como consecuencia, a ti también. No te tomes todo de manera personal. Amarte a ti mismo no es una elección; es una necesidad. Si no te valoras, no encontrarás satisfacción en nada ni en nadie, y estarás regalando tu tiempo mendigando lo que anhelas, aquí, allí y en cualquier parte. Eso está muy mal visto en un mundo lleno de etiquetas y superficialidad. No nos mintamos: si lo haces, estás muerto, aunque sigas vivo.
La vida no espera. Si te demoras en descubrir tu valor, perderás oportunidades. Debes darte cuenta de que la felicidad no depende de los demás. Es fundamental que rompas las limitaciones que tu ego impone, porque solo así podrás comenzar a trabajar hacia tu verdadero potencial. Comprende de una vez que el cambio no llegará solo; tú tienes que hacerlo realidad. Así que deja de esperar y comienza a actuar. No hay tiempo que perder pensando continuamente en cómo lo harás; olvídate del ‘cómo’. ¡Ponte en marcha, y el ‘cómo’ aparecerá por sí mismo!