En el sendero silencioso de la vida, una luz suave nos guía, pequeña y constante, es la empatía, luciérnaga del alma, que con delicadeza ilumina el corazón distante.
Habita en el susurro de las hojas al viento, escucha las penas sin apurar el tiempo, con ojos de amor mira el dolor ajeno, y siente en su piel lo que el otro ha vivido.
Conoce la dulzura y la fuerza necesaria, pues su anhelo es sanar y jamás herir, sutilmente, entre sombras, teje hilos de paz, su abrazo desata nudos, su presencia alivia.
Camina con el manto de la comprensión, escucha miradas, decifra silencios, en cada herida abierta vierte su luz, y levanta con suavidad a quien ya no puede más.
Porque la magia de la empatía es simple y pura, vive en el presente, siendo y estando, y su don es recordar a cada ser cansado que nunca estamos solos en el sendero andado.
Desde el primer día que nos encontramos, En el camino de la amistad nos hallamos, Eres mucho más que un amigo cualquiera, Eres mi hermano, mi compañero sincero.
Juntos hemos recorrido senderos desconocidos, Superando obstáculos, siempre unidos, Tu presencia en mi vida es un regalo divino, En ti encuentro apoyo, consuelo y abrigo.
Yo soy amigo de mi mejor amigo, En cada momento, de alegría o de castigo, Tu amistad es un tesoro invaluable, Que en mi corazón siempre será inmutable.
En los días oscuros, eres mi rayo de sol, Tu sonrisa ilumina todo mi entorno, En las victorias celebramos juntos, Y en las derrotas nos animamos sin punto.
No importa la distancia que nos separe, Nuestra amistad siempre será inquebrantable, Eres el testigo de mis risas y llantos, El confidente fiel de mis secretos más santos.
Gracias por estar siempre a mi lado, Por ser el amigo que nunca me ha fallado, Juntos hemos creado recuerdos inolvidables, Y en mi corazón, tu amistad siempre será imborrable.
Yo soy amigo de mi mejor amigo, Un lazo eterno que nada podrá romper, Celebro hoy nuestra amistad sin medida, Porque eres mi amigo, mi alma gemela verdadera.
En esta vida, no hay ganancias ni pérdidas. Desde el momento en que llegaste a este mundo, lo hiciste sin posesiones materiales, sin expectativas ni logros pasados. Sin importar el rumbo que tome tu vida, siempre estarás en un estado de ganancia, siempre caminando junto a la victoria.
Nuestra existencia es un constante proceso de crecimiento y aprendizaje, donde cada experiencia, ya sea desafiante o gratificante, nos brinda oportunidades para fortalecernos y evolucionar. No existe una derrota absoluta, solo son lecciones y aprendizajes.
Así pues, avanza con confianza y determinación, sabiendo que en cada paso del camino, estás adquiriendo la invaluable riqueza de la experiencia y la sabiduría. Celebra cada logro, sin importar cuán pequeño pueda parecer, y mantén la certeza de que estás destinado a triunfar en tu propio camino, que encima es especial, porque es único.
El pasado ya no nos pertenece, ya que no somos la misma persona. Cada día al despertar, emergemos como una nueva versión de nosotros mismos. No deberíamos desperdiciar tiempo pensando en lo que pudo haber sido en el pasado, ya que solo nos entristece recordar lo vivido o lo que no experimentamos.
Podemos recordar, pero no debemos mirar atrás, ya que si lo hacemos, no nos daremos cuenta de que solo al final de nuestras vidas comprenderemos estas palabras que estoy intentando explicar.
Aquellos que han estado en esa línea saben a lo que me refiero. Despertar repentinamente de ese letargo en el que nos hemos quedado mirando al pasado sin siquiera darnos cuenta de que la vida es lo que sucede mientras pensamos en lo que ya no es, lo que ya se fue, lo que ya no suma…
Es cierto que los recuerdos siempre vivirán en nuestra mente, porque recordar también es vivir, como solía decir mi abuela. ¿Es bueno recordar? Sí, pero debemos hacerlo con la atención puesta en el aquí y ahora, en el momento en el que nos encontramos. Ahí es donde ocurre nuestra vida, en el presente, en el hoy, no en el mañana ni en el pasado mañana, sino en el hoy.
Si supieras cuántas cosas te estás perdiendo por estar pensando en lo que sucedió o en lo que sucederá, no nacerías, porque no te daría tiempo suficiente para crecer y vivir como adulto. El tiempo que perdemos es casi toda una vida, y eso es una tragedia inmensa.
Somos un conjunto de recuerdos y momentos vividos, pero eso será cuando ya no estemos aquí, porque mientras estemos, debemos escribir cada día el libro de nuestra historia, aquel que nos entregan en blanco y que vamos llenando día a día con nuestras decisiones y acciones.
Es muy importante vivir en el presente, ya que todo lo que decidimos hoy repercutirá en nuestro mañana. Si alguien más está tomando las decisiones por ti, es porque estás absorto en el pasado o aterrado por el futuro, y en ese caso, habrás entregado tu presente en manos de alguien más. Esto no debería ser así, ya que tu vida te pertenece y debe ser vivida por ti, tomando decisiones y actuando siendo tú mismo, con tus virtudes y defectos, con tus buenos días y no tan buenos. Vivir completamente en el pasado o en lo que vendrá en el futuro no nos permite apreciar la grandeza del regalo de la vida, del tiempo y el espacio en el que estamos transitando en este mismo instante.
AHORA, siéntete respirar, observa todo a tu alrededor… ESTÁS VIVIENDO TU VIDA. Es un breve instante frente al universo, pero te pertenece. Quizás dentro de 100 años nadie te recuerde, por eso y más, toma tu vida y VIVE EN EL AHORA. Te mereces todo lo que el universo te ofrece, y mañana será otro día. No pienses en eso… porque tu vida no está en el mañana, tu vida siempre estará aquí, en el ahora…
En los frondosos bosques de la naturaleza, existe un delicado baile que ocurre entre los árboles, una danza silenciosa que lleva consigo el respeto y la armonía. En esta sinfonía verde, los árboles poseen un conocimiento ancestral, una sabiduría que les guía a evitar la competencia desmedida por el espacio y los recursos vitales.
Imagina por un momento, las copas de los árboles que se acercan y se tocan, como si quisieran entrelazar sus ramas en un abrazo fraternal. Sin embargo, en un gesto de nobleza y elegancia, las ramas detienen su crecimiento unos centímetros antes de invadir el sagrado espacio del otro árbol.
Es aquí donde surge la «timidez de la corona», un acto de profundo respeto y equilibrio en el reino de los árboles.
Cada árbol reconoce la unicidad del otro, comprende que tienen sus propias raíces hundidas en la Tierra y sus propios sueños que hacer realidad. Así, en una danza de sombras y luces, la «timidez de la corona» permite que cada árbol encuentre su lugar bajo el sol, beba del néctar de la vida y florezca en todo su esplendor.
En este acto fascinante y sereno, los árboles nos enseñan una lección valiosa: la importancia de respetar y honrar el espacio y la individualidad de los demás. Nos invitan a reconocer que no necesitamos competir ferozmente para lograr nuestro crecimiento y éxito, sino que podemos florecer en nuestra propia magnificencia sin invadir el espacio sagrado de otros.
Que esta maravillosa danza de la «timidez de la corona» nos inspire a abrazar la diversidad, a respetar los límites y a vivir en armonía con la naturaleza que nos rodea. Que encontremos en estos árboles silenciosos maestros de sabiduría y nos volvamos más conscientes de nuestro papel como guardianes de la tierra que compartimos.
Somos como libros, páginas llenas de vida, Unos escritos de experiencias, otros en blanco esperando ser escritos, Portadas distintas, cada una con su propia historia, Yo tengo un libro decorado con tres flores, un tesoro escondido.
Mi vida y las margaritas, un sinónimo de amor y refugio, Sus pétalos suaves como caricias en mi camino, Como nombres grabados en el más trascendental poemario, Mis abuelas y mi madre, juntas en cada verso, tejiendo el destino.
Un pasado onírico de veranos dorados y abrazos infinitos, Donde los mundos cabían en ese abrazo apretado, Ellas, las guardianas de mi linaje, mi herencia de amor, Mi bisabuela, mi abuela, mi madre, mis pilares eternamente amados.
En mi corazón llevan el nombre de Margarita, Una flor que representa la pureza y la belleza, Ellas, mis raíces firmes en tiempos de tempestad, Guiándome, protegiéndome, siempre en mi certeza.
Su legado vive en mis venas, en mi esencia misma, Un lazo ancestral que me conecta con el pasado y el futuro, Las margaritas florecen dentro de mí, en cada paso que doy, Honrando a quienes me formaron, portadoras de amor puro.
Así como sus nombres adornan mi poemario de vida, Yo los llevo en cada página, en cada palabra susurrada, Mi bisabuela, mi abuela, mi madre, tres flores sagradas, Que me llenan de amor y guían mi alma hacia su morada.
Que su recuerdo perdure por siempre en mi corazón, Margaritas eternas que me acompañan en mi andar, En el susurro del viento y en la luz del sol, Sus nombres brillan, su legado nunca dejaré de amar.
En el corazón de una semilla dormida, yace el potencial de una vasta arboleda. Es un regalo del universo, entrelazado en vida, una semilla que el futuro guarda y espera.
Un bosque en formación, oculto en su envoltura, guarda en sí mismo el secreto de su grandeza. La semilla germina con valentía y ternura, haciendo del suelo su propia fortaleza.
De la tierra oscura y fértil, alza sus raíces, buscando nutrientes con fervor y anhelo. En su crecimiento, el bosque se desliza, con hojas que bailan al viento en su vuelo.
Con cada rayo de sol y cada gota de lluvia, la semilla se nutre y se hace más fuerte. Con el tiempo, en gloriosa y frondosa ecuación, el bosque se alza, un triunfo de la naturaleza.
Sus árboles majestuosos como pilares del cielo, con sus ramas extendidas hacia el infinito. Las aves encuentran en su sombra un consuelo, y los animales encuentran su hogar bendito.
No existe límite para el poder de una semilla, pues en ella reside el nacimiento de un bosque. Con paciencia y dedicación, su grandeza se revela, y en cada rama y hoja, su esencia se derroche.
Así es la semilla que engendra un bosque, un regalo divino que nunca debe ser olvidado. En su crecimiento y en su majestuosidad reproche, la vida se renueva, un ciclo sagrado.
En cada bosque, una semilla germina, con el potencial de crear un mundo nuevo. Así, el legado de la naturaleza nos enseña, la importancia de cuidar y amar lo que tenemos.