Había una vez un hombre que no era de ningún lado. Caminaba por la vida sin pertenecer del todo a un sitio ni al otro. No era lo suficientemente serio para los formales, ni lo bastante desenfadado para los despreocupados. No era lo bastante fuerte para ser considerado invulnerable, ni lo bastante frágil para inspirar compasión.
La gente a su alrededor parecía encajar con facilidad. Unos eran ruidosos y vibrantes; otros, reservados y tranquilos. Algunos tomaban bandos, defendían ideas con pasión, se sumergían en grupos que los acogían. Pero él… él siempre estaba en el medio.
Al principio, pensó que quizás esa era la clave. Aristóteles decía que en el término medio estaba la virtud, que el equilibrio era la mejor forma de vivir. Pero con el tiempo, se dio cuenta de que la virtud no siempre trae compañía. Porque en el medio no había multitudes. En el medio estaba solo.
Intentó moverse, irse a un lado o al otro, pertenecer. Pero cuando intentaba ser más duro, lo llamaban insensible; cuando mostraba su sensibilidad, lo tachaban de débil. Si reía demasiado, le pedían seriedad; si era serio, le decían que le faltaba alegría. Nunca era suficiente para nadie.
Así que un día dejó de intentarlo. Se sentó en el centro del camino y simplemente observó. Vio a los que corrían de un lado a otro, buscando identidad en un grupo, en una creencia, en una etiqueta. Y entonces comprendió: tal vez su destino no era pertenecer, sino ver. Entender.
Quizás el término medio no era un lugar de soledad, sino un punto de claridad. Un sitio donde uno puede mirar sin filtros, sin las limitaciones de los extremos.
Y aunque siguió estando solo, ya no se sintió perdido. Porque entendió que en el término medio no estaba la multitud, pero sí estaba él mismo con su soledad, sí, ya que nadie le gusta ver alguien que no se posiciona en ningún lado y se queda en medio del todo, eso nos gusta nadie a la gente le gusta ver quién es quién… El hombre del medio pensó que estaba muy solo sí, pero nunca estuvo mal acompañado, ya que la soledad puede ser muy dolorosa; pero ella nunca miente, los demás si.
Hablando conmigo mismo durante todos estos años, transitando la enfermedad y que me ha obligado a ausentarme de la vida social y laboral, he comprendido lo importante que es aceptar que todo en la vida es temporal. Durante mucho tiempo, me he resistido a adaptarme a los cambios inevitables, peleando contra la realidad que me rodea. Pero ahora, en este momento de reflexión, encuentro tranquilidad al entender que todo tiene un final, sin excepción.
Es un desafío aceptar que incluso nuestra existencia, tan ligada a nuestras relaciones y a nuestras emociones profundas, llegará a su fin en algún momento. Sin embargo, al aceptarlo, descubro una sensación de paz que antes desconocía. Aprender a aceptar con cariño tanto las experiencias positivas como las negativas que nos brinda la vida es liberador y enriquecedor.
He aprendido a abrazar cada momento que se cruza en mi camino con calma y sin apegos, ya sean momentos de felicidad fugaz o momentos dolorosos de estos que dejan huellas para toda la vida. Estas experiencias, tan breves como destellos en el universo, se enlazan en un ciclo eterno.
Si pudiéramos alejarnos de pensar en las cosas como buenas o malas, nos daríamos cuenta de que todo está diseñado para que crezcamos y nos sintamos bien. Cada prueba, cada logro y cada despedida forman parte de un ciclo que no tiene fin. Al aceptar esto, encontramos la fuerza necesaria para caminar con otra actitud por nuestra vida.
Así que, en medio de esta situación en la que cada uno vive, permitámonos liberarnos de la lucha constante. Dejemos que la paz inunde nuestros corazones, mientras nos sumergimos en el flujo de lo que es, abrazando con entendimiento y mucho amor, sin olvidarnos de agradecer a la vida, aunque a veces no tenga piedad. Cada momento y cada latido de esta, nuestra vida.
Total, ¿para qué queremos entender tantas cosas? Si al final, todos nos vamos de aquí y ya sabemos de sobra que nadie sale de este mundo vivo. Entonces, lo mejor es no esperar nada y vivir el ahora, porque es lo único que tenemos y nos pertenece de verdad. Si tuviera que darte un consejo, solo te diría que trabajes el desapego hacia lo que te hace sentir mal, hacia todo lo material que no sea estrictamente necesario, y hacia cualquier banalidad, tanto como puedas y cuanto antes mejor.