Hay quienes no logran sentir el eco del otro. No escuchan el peso de sus palabras. No perciben el daño que causan, ni la ternura que reciben.
Cuando los tratas con amor, lo confunden con debilidad. Cuando los ayudas, creen que acaban de ganar una partida. No leen la intención; solo calculan la ventaja.
No es que odien: es que no sienten.
Viven midiendo el mundo en utilidad y control, sin darse cuenta de que esa misma medida los deja vacíos por dentro.
Tu tarea no es cambiarlos ni castigarlos.
Es ver con claridad, cuidar tu centro, amar sin desangrarte. Puedes desearles bien, pero desde la distancia, donde tu alma respira.
Porque amar no siempre es quedarse.
A veces, el amor más sabio es seguir caminando con el corazón abierto:
Sin rencor, sin cerrar la puerta, pero sin volver a cruzarla.
Vivimos tiempos en los que la información nos cae encima por todas partes. Un día dicen una cosa, y al siguiente, justo lo contrario. Hay voces que gritan, otras que susurran, y entre tanta confusión, muchas personas terminan en un estado que ni siquiera saben nombrar: desconfían de todo, dudan de todos, y al final se sienten perdidas, sin saber dónde poner su atención ni qué camino seguir.
Esto no es casual. Es algo que está muy estudiado y que funciona muy bien para que la mente humana se bloquee. Cuando entramos en ese estado, dejamos de mirar dentro de nosotros y empezamos a mirar fuera, buscando respuestas en un mar revuelto donde es difícil ver con claridad.
Hoy solo quiero recordarte algo sencillo: no estás solo en este lío, y no eres menos que nadie por sentirte así. A muchos les pasa. Pero también es cierto que, si paramos un momento, respiramos y volvemos a escuchar la voz tranquila que todos llevamos dentro, podemos empezar a distinguir entre el ruido y lo verdadero.
No hace falta desconfiar de todo, ni creerlo todo. Basta con volver a conectar con ese sentido común que a veces se nos adormece entre tanta saturación. Y poco a poco, sin prisas, la niebla se va aclarando y cada uno encuentra su propio norte.
No estoy aquí para decirte qué pensar. Solo para recordarte que es posible pensar por ti mismo, sin miedo y sin ruido. Y que a veces, el primer paso no es buscar más información fuera, sino hacer silencio dentro.
La verdad con amor y el amor de verdad, siempre. katriel Quin.
Hay un momento en la vida en que uno se cansa de buscar fuera.
Te das cuenta de que el ruido de los demás solo distrae, que las opiniones del mundo no te salvan… y que lo que de verdad necesitas no está en ningún lugar externo.
No necesitas que te den la razón, ni que te entiendan, ni que te acompañen.
Tampoco necesitas seguridades prestadas ni apoyos que se tambalean con el tiempo.
Lo que buscas —aunque no siempre lo sepas— es paz. Y esa paz no viene de tenerlo todo resuelto… viene de dentro.
La verdad no grita, no discute, no entra en debates.
La verdad, cuando es tuya, se siente.
Y cuando la sientes, no hay forma de que nadie te la arrebate, porque no está basada en creencias, sino en certezas profundas.
Puedes estar rodeado de dudas, pero si dentro hay claridad, el ruido no afecta.
Por eso, si algo te confunde, no te pierdas preguntando a todo el mundo.
Ve hacia dentro.
Calla el mundo, escucha tu alma… y espera.
La verdad no siempre llega rápido, pero cuando llega… todo encaja.
Entonces caminas en paz, sin necesidad de explicar, convencer ni defenderte.
Solo sigues tu camino.
Con la cabeza alta, el corazón en calma… y el alma en su sitio.
En el sendero silencioso de la vida, una luz suave nos guía, pequeña y constante, es la empatía, luciérnaga del alma, que con delicadeza ilumina el corazón distante.
Habita en el susurro de las hojas al viento, escucha las penas sin apurar el tiempo, con ojos de amor mira el dolor ajeno, y siente en su piel lo que el otro ha vivido.
Conoce la dulzura y la fuerza necesaria, pues su anhelo es sanar y jamás herir, sutilmente, entre sombras, teje hilos de paz, su abrazo desata nudos, su presencia alivia.
Camina con el manto de la comprensión, escucha miradas, decifra silencios, en cada herida abierta vierte su luz, y levanta con suavidad a quien ya no puede más.
Porque la magia de la empatía es simple y pura, vive en el presente, siendo y estando, y su don es recordar a cada ser cansado que nunca estamos solos en el sendero andado.
Hace un año tenías miedo de como sería llegar hasta aquí y si las cosas irían bien. Ahora que ya has llegado puedes comprobar que el miedo al futuro no se basa en algo certero. Estás bien y, no sé cómo, pero gradualmente irás encontrando la manera de estarlo también en el futuro.
Diciembre ha llegado de nuevo, trayendo consigo un dulce y amargo sentimiento. Los años han pasado, y ya no soy el joven de veinte; cada año sumado me regala una mezcla de conocimiento y añoranza como si el tiempo mismo me abrazara. He aprendido que hay momentos en que el mundo se siente distante, cuando aquellos que solían estar cerca se alejan, especialmente cuando la enfermedad golpea a nuestra puerta. La soledad, ese compañero inesperado, resuena como un eco en la inmensidad del desierto.
Es doloroso reconocer que, en nuestros momentos más frágiles, la cercanía de algunos se convierte en una indiferencia palpable. A veces, parece que regresan solo cuando ya no somos una carga, cuando piensan que la lucha ha llegado a su fin. Esta experiencia, aunque pesada, nos deja una herida que anhela ser vista, el deseo de un abrazo cálido que nos haga sentir comprendidos.
Sin embargo, en medio de ese vacío, he descubierto la fortaleza más grande del universo, que reside en cada uno de nosotros, esperando ser abrazada. Cada día de lucha se transforma en un aprendizaje; cada desafío, en una oportunidad para florecer. Este mes de diciembre es diferente, porque he renacido. Aunque mi cuerpo aún no esté en su mejor forma, mi mente y mi espíritu se han unido, brindándome la esperanza y el valor para sentirme completo. Es mi esperanza quien se levanta con cada amanecer, quien lucha con firmeza, negándose a aceptar que la vida se ha detenido.
He aprendido a atesorar los momentos simples, las pequeñas alegrías que, en medio del sufrimiento, a menudo pasan desapercibidas. Este diciembre, anhelo sonrisas sinceras, buenos deseos que fluyan sin reservas y un ambiente de serenidad que me impulse hacia adelante. Ya no busco las migajas de nadie, ni la rutina disfrazada, ni un perdón vacío, ni una amistad forzada, ni un corazón que gime por la ausencia de amor. Ya no quiero pedir nada, porque ahora estoy listo para recoger lo que he sembrado en la soledad del silencio. Nunca he dejado de sembrar, y eso solo lo sabe mi alma y el universo. Ahora es tiempo de cosechar lo que la vida tenga para mí, y lo haré sin pedirlo, porque soy yo quien decide ahora, el cómo y el cuándo.
Nos cruzaremos en la vida, y tal vez me verás diferente. Probablemente preguntes qué me ocurre, por qué he cambiado tanto, y, sinceramente, responderé que no he cambiado, que simplemente he crecido. Porque he dejado atrás el hacerme pequeño para encajar… se acabó el esperar a los demás antes que a mí mismo. Siete diciembres distintos me separan de aquel que fui, del que ya no está, a este en quien me he convertido. Quien me acompañó lo hizo desde el corazón, o al menos eso espero. De cualquier manera, mi alma, mi mente y yo siempre estaremos agradecidos, y jamás se quedarán en el olvido, porque yo no soy así, y el tiempo, como siempre, dará la razón a aquellos que hablan con el corazón.
Asi que Diciembre, ya estoy listo para recibirte con gratitud, consciente de que mi camino ha sido muy doloroso, difícil, estresante, exigente, severo y agotador, pero pero al mismo tiempo sé que estoy más cerca de la versión más fuerte de mí mismo. La vida, aún con sus altibajos, es un regalo, y estoy aquí para abrazarlo con toda la fuerza que alberga mi alma y todo ese amor que siento en mi corazón.