
En el jardín de la vida, cada ser humano es una flor única y especial. Al igual que las flores, cada uno de nosotros vibra y crece a su propio ritmo. A medida que nos nutrimos del sol y la lluvia, nuestros colores se vuelven más brillantes, nuestros pétalos más fuertes y nuestra esencia más profunda.
Hay momentos en los que, en nuestro proceso de crecimiento, observamos que otras flores ya no vibran igual que nosotros. Aquellas que antes nos parecían cercanas, empiezan a alejarse lentamente, mientras sus pétalos parecen tomar un camino distinto al nuestro.
No te sientas mal por evolucionar, querida flor. A medida que creces y te conviertes en una versión más auténtica de ti mismo, dejarás atrás lo que no esté en sintonía con tu corazón. No has perdido nada en este proceso, sino que te has ganado a ti mismo.
Cada paso hacia tu autenticidad es una victoria silenciosa, un abrazo al alma que te hace más fuerte y más sabio. La vida, como un jardín, está en constante cambio, y aquellos que se abren a esta realidad se convierten en los verdaderos guardianes de su esencia.
No llores por las flores que ya no están, sino celebra el jardín que has cultivado con amor y dedicación. Porque en cada rincón del alma, un nuevo brote está a la espera de florecer, llenando tu vida de colores aún más hermosos y vibrantes.
Así que, querida flor, sigue creciendo y evolucionando, y nunca te avergüences de tu brillo. Porque cada etapa de crecimiento es una oportunidad para abrazar aún más tu autenticidad y descubrir tu verdadero propósito en el hermoso jardín de la vida.
La verdad con amor y el amor de verdad, siempre.
Katriel Quin.