Creo que mis animales favoritos siguen siendo los animales.
Al menos ellos siguen siendo auténticos, sin máscaras ni teatros.
En cambio nosotros, las personas… seguimos siendo idiotas: ya que somos la única raza que estando en riesgo de extinción, seguimos extinguiéndolo todo.
Vivimos tiempos en los que la información nos cae encima por todas partes. Un día dicen una cosa, y al siguiente, justo lo contrario. Hay voces que gritan, otras que susurran, y entre tanta confusión, muchas personas terminan en un estado que ni siquiera saben nombrar: desconfían de todo, dudan de todos, y al final se sienten perdidas, sin saber dónde poner su atención ni qué camino seguir.
Esto no es casual. Es algo que está muy estudiado y que funciona muy bien para que la mente humana se bloquee. Cuando entramos en ese estado, dejamos de mirar dentro de nosotros y empezamos a mirar fuera, buscando respuestas en un mar revuelto donde es difícil ver con claridad.
Hoy solo quiero recordarte algo sencillo: no estás solo en este lío, y no eres menos que nadie por sentirte así. A muchos les pasa. Pero también es cierto que, si paramos un momento, respiramos y volvemos a escuchar la voz tranquila que todos llevamos dentro, podemos empezar a distinguir entre el ruido y lo verdadero.
No hace falta desconfiar de todo, ni creerlo todo. Basta con volver a conectar con ese sentido común que a veces se nos adormece entre tanta saturación. Y poco a poco, sin prisas, la niebla se va aclarando y cada uno encuentra su propio norte.
No estoy aquí para decirte qué pensar. Solo para recordarte que es posible pensar por ti mismo, sin miedo y sin ruido. Y que a veces, el primer paso no es buscar más información fuera, sino hacer silencio dentro.
La verdad con amor y el amor de verdad, siempre. katriel Quin.
Cuando ya no perteneces a un lugar, la vida te lo dice, no con palabras, sino con pequeñas sacudidas que incomodan el alma.
Te coloca en rincones oscuros, donde todo parece confuso y pesado, para que mires más allá de lo conocido.
No temas al caos, porque es un mensajero. Lo que hoy duele, mañana te abrirá puertas que jamás imaginaste.
Escucha cuando la vida te empuja suavemente, aunque duela. Es su manera de guiarte, de mostrarte que la incomodidad no es un castigo, sino un llamado de atención, para que despiertes a las decisiones que debes tomar.
Es el primer paso hacia un camino más claro, hacia un lugar que te espera. Un lugar donde podrás sincronizarte con todas tus formas y estados, y ser más libre.
Más despierto. Más consciente de que cada decisión que tomas puede acercarte a esa libertad o alejarte de ella.
Por eso, vive en el ahora, porque es aquí y ahora donde tu vida ocurre. No en el pasado, ni en el futuro, sino en este instante, que es todo lo que tienes.
Diciembre ha llegado de nuevo, trayendo consigo un dulce y amargo sentimiento. Los años han pasado, y ya no soy el joven de veinte; cada año sumado me regala una mezcla de conocimiento y añoranza como si el tiempo mismo me abrazara. He aprendido que hay momentos en que el mundo se siente distante, cuando aquellos que solían estar cerca se alejan, especialmente cuando la enfermedad golpea a nuestra puerta. La soledad, ese compañero inesperado, resuena como un eco en la inmensidad del desierto.
Es doloroso reconocer que, en nuestros momentos más frágiles, la cercanía de algunos se convierte en una indiferencia palpable. A veces, parece que regresan solo cuando ya no somos una carga, cuando piensan que la lucha ha llegado a su fin. Esta experiencia, aunque pesada, nos deja una herida que anhela ser vista, el deseo de un abrazo cálido que nos haga sentir comprendidos.
Sin embargo, en medio de ese vacío, he descubierto la fortaleza más grande del universo, que reside en cada uno de nosotros, esperando ser abrazada. Cada día de lucha se transforma en un aprendizaje; cada desafío, en una oportunidad para florecer. Este mes de diciembre es diferente, porque he renacido. Aunque mi cuerpo aún no esté en su mejor forma, mi mente y mi espíritu se han unido, brindándome la esperanza y el valor para sentirme completo. Es mi esperanza quien se levanta con cada amanecer, quien lucha con firmeza, negándose a aceptar que la vida se ha detenido.
He aprendido a atesorar los momentos simples, las pequeñas alegrías que, en medio del sufrimiento, a menudo pasan desapercibidas. Este diciembre, anhelo sonrisas sinceras, buenos deseos que fluyan sin reservas y un ambiente de serenidad que me impulse hacia adelante. Ya no busco las migajas de nadie, ni la rutina disfrazada, ni un perdón vacío, ni una amistad forzada, ni un corazón que gime por la ausencia de amor. Ya no quiero pedir nada, porque ahora estoy listo para recoger lo que he sembrado en la soledad del silencio. Nunca he dejado de sembrar, y eso solo lo sabe mi alma y el universo. Ahora es tiempo de cosechar lo que la vida tenga para mí, y lo haré sin pedirlo, porque soy yo quien decide ahora, el cómo y el cuándo.
Nos cruzaremos en la vida, y tal vez me verás diferente. Probablemente preguntes qué me ocurre, por qué he cambiado tanto, y, sinceramente, responderé que no he cambiado, que simplemente he crecido. Porque he dejado atrás el hacerme pequeño para encajar… se acabó el esperar a los demás antes que a mí mismo. Siete diciembres distintos me separan de aquel que fui, del que ya no está, a este en quien me he convertido. Quien me acompañó lo hizo desde el corazón, o al menos eso espero. De cualquier manera, mi alma, mi mente y yo siempre estaremos agradecidos, y jamás se quedarán en el olvido, porque yo no soy así, y el tiempo, como siempre, dará la razón a aquellos que hablan con el corazón.
Asi que Diciembre, ya estoy listo para recibirte con gratitud, consciente de que mi camino ha sido muy doloroso, difícil, estresante, exigente, severo y agotador, pero pero al mismo tiempo sé que estoy más cerca de la versión más fuerte de mí mismo. La vida, aún con sus altibajos, es un regalo, y estoy aquí para abrazarlo con toda la fuerza que alberga mi alma y todo ese amor que siento en mi corazón.
Hoy me embarco en un viaje que he decidido emprender en solitario, un viaje hacia mí mismo, hacia los rincones más profundos de mi mente y mi espíritu. Me alejo del bullicio del mundo exterior, de las opiniones ajenas y de todo aquello que pueda distraerme de la serenidad y el autodescubrimiento. Durante los próximos días, mi hogar será mi refugio y mi diario, mi más fiel confidente.
La soledad no será mi enemiga, sino mi maestra. Quiero sumergirme en esos espacios en blanco donde el aburrimiento podría acechar, para descubrir lo que realmente tiene que decirme mi interior. En estos momentos de quietud, sé que emergen pensamientos y sentimientos que he mantenido enterrados. Quizás, al fin, encuentre la esencia de lo que he estado buscando durante estos años de batalla silenciosa con la enfermedad.
No busco glorificar lo que estoy viviendo, ni deseo compasión ni condolencias. Se trata de un acto de introspección pura, una forma de plasmar mis planteamientos para mí mismo, un recordatorio de que siempre hay algo más profundo por descubrir, sanar, aceptar, dentro de mí. Sin embargo, lo comparto para quien pueda encontrar inspiración en él, para quien sienta que puede resonar con esta búsqueda personal de escuchar a su alma.
Cuido de mi cuerpo a través de una buena alimentación y un poco de ejercicio, tanto físico como mental, sabiendo que cada pequeño acto de cuidado es una declaración de amor hacia mí mismo. Me doy el permiso de descansar lo justo, con el objetivo de mantenerme presente y consciente durante este viaje.
Hoy inicio el día cero, un día que marca el inicio de otra página, no solo en mi diario, sino en mi vida. Me adentro en el silencio, listo para escuchar, listo para aprender.
Dar porque así lo sientes, es como verter agua de nuestra propia fuente, sin medir su caudal, simplemente porque el deseo de compartir brota naturalmente. Cuando damos de esta manera, sin esperar que algo vuelva hacia nosotros, tocamos una forma pura de felicidad que nace del amor desinteresado.
Es como la tierra que da sus frutos a raudales, sin preguntar quién recogerá la cosecha. En este desprenderse y ofrecer lo que sentimos, encontramos una paz interior que no se compra ni se vende, porque su valor reside en la intención. Así, al dar por el simple placer de hacerlo, descubrimos un mundo donde la bondad se multiplica y retorna como un eco de bienestar compartido.
No necesitamos un mapa que nos diga dónde ir. Lo que importa es estar alerta a lo que sucede a nuestro alrededor. La incomodidad no es una opción; es un requisito para alcanzar lo que realmente deseamos. Si no estás dispuesto a enfrentar el fracaso, te quedarás estancado. Fracasar significa aprender, y cada error es una lección que te acerca a la mejora.
Deja de suponer. Haz preguntas y sé consciente de las palabras que usas; cada decisión que tomas afecta a los demás y, como consecuencia, a ti también. No te tomes todo de manera personal. Amarte a ti mismo no es una elección; es una necesidad. Si no te valoras, no encontrarás satisfacción en nada ni en nadie, y estarás regalando tu tiempo mendigando lo que anhelas, aquí, allí y en cualquier parte. Eso está muy mal visto en un mundo lleno de etiquetas y superficialidad. No nos mintamos: si lo haces, estás muerto, aunque sigas vivo.
La vida no espera. Si te demoras en descubrir tu valor, perderás oportunidades. Debes darte cuenta de que la felicidad no depende de los demás. Es fundamental que rompas las limitaciones que tu ego impone, porque solo así podrás comenzar a trabajar hacia tu verdadero potencial. Comprende de una vez que el cambio no llegará solo; tú tienes que hacerlo realidad. Así que deja de esperar y comienza a actuar. No hay tiempo que perder pensando continuamente en cómo lo harás; olvídate del ‘cómo’. ¡Ponte en marcha, y el ‘cómo’ aparecerá por sí mismo!
Llevo varios días preguntándome ¿de qué se alimenta el ego? Me asusta de manera brutal lo que nos puede llegar a hacer este gran problema que nuestra mente. También me asusta tan solo pensar de dónde obtiene tanta fuerza, capaz de enfrentarse a nosotros mismos y a través de nosotros, con los demás sin piedad. Nos obliga a hablar mal frente a las personas que nos ofenden sin querer o queriendo y en muchas ocasiones, en contra de nuestra propia voluntad.
Es como un narcisista que habita en nuestra mente, con el que mantenemos interminables diálogos hasta que, agotados, nos rendimos a su insistencia. En esos momentos de debilidad, ¿qué hace el ego? Nos manipula, instiga el miedo, nos seduce para que asumamos el papel de víctima y nos envuelve en el velo de la culpa cuando nos sentimos juzgados, sea justa o no la crítica. Tomamos todo de manera personal, y así, perdemos oportunidades por permitir que este huésped no invitado viva en nuestros pensamientos.
Reflexionemos sobre de qué se nutre este descarado, porque es crucial no confundir el amor propio con el ego; son entidades distintas, y entender esta diferencia nos podría liberar.
El ego se alza como una semilla que a veces florece de maneras insospechadas. Es como el viento que susurra promesas al oído, pero no siempre nos lleva hacia donde el corazón verdaderamente desea ir. Al contemplarlo, observamos los elementos que nutren su crecimiento.
Primero está la ignorancia, que es como una densa niebla en un bosque al amanecer. Cuando el paisaje está cubierto, nos perdemos los senderos que conducen a la luz. La falta de conocimiento es esa bruma que nos impide ver con claridad, llevándonos por caminos que no son los más amables ni los más sabios.
Luego, encontramos nuestra apego por lo material, semejante a un árbol cargado de frutos que nunca sacian el espíritu. En la búsqueda de oro y posesiones, podemos olvidarnos de lo que realmente nutre el alma: la conexión, el amor, la simple belleza de una puesta de sol. Este anhelo por tener se convierte en una prisión, oscureciendo la verdad de lo que nos hace verdaderamente ricos.
El miedo también camina a nuestro lado, como la sombra de una montaña que obliga a las flores a cerrar sus pétalos antes de tiempo. Nos detiene en el borde de nuestro propio potencial, impidiéndonos florecer hacia el sol de nuestras posibilidades más luminosas. Enfrentarlo requiere el valor de la brava flor que desafía las tormentas.
Y está el egoísmo, una corriente subterránea en el río de nuestra convivencia. Cuando nos centramos solo en nuestro propio reflejo, olvidamos el sonido melodioso del agua compartida, perdemos el cauce de la vida en comunidad. Reconocer que formamos parte de algo mayor nos da la oportunidad de fluir juntos, enriqueciendo nuestras aguas comunes.
Si estos elementos permanecen sin reconocer, pueden opacar la claridad de nuestra visión interior. Pero si aprendemos a verlos como un jardinero cuida su tierra, con paciencia y amor, hacemos posible que nuestra conciencia crezca como un ciprés robusto y sereno, enraizado en lo profundo y alcanzando alturas iluminadas. En esta dia, recordemos siempre que somos uno con todas las criaturas, viviendo en el mismo mundo que respiramos.
En el eterno viaje de autodescubrimiento y crecimiento personal, a menudo nos sumergimos en la búsqueda de un maestro iluminado, un guía virtuoso o una fuente de inspiración externa. Nos aferramos a libros, historias y las palabras de otros, buscando respuestas que parecen escaparse de nuestras manos. Sin embargo, llega un momento en que debemos recordar que cada uno de nosotros posee el potencial de convertirse en su propio maestro, guía y fuente de inspiración.
Al acumular gurús y figuras de autoridad en nuestras vidas, podemos sentirnos tentados a creer que alguien más tiene las respuestas que buscamos. No obstante, debemos recordar que nuestras historias son únicas, perfectas e irrepetibles, al igual que las de los demás. No somos superiores ni inferiores, sino individuos con formas peculiares de ser, una capacidad única de comprensión y creencia, y una visión singular del mundo.
En lugar de aspirar a convertirnos en maestros de otros, debemos adoptar la actitud de eternos aprendices. Abrazar cada experiencia, cada encuentro y cada lección como oportunidades para crecer y florecer. Entender que todos estamos entrelazados en esta maravillosa danza de la existencia, explorando y descubriendo en cada paso.
Dejemos de buscar afuera lo que ya poseemos en nuestro interior. Somos nuestros propios maestros, guías y la mejor fuente de inspiración que podamos encontrar. Dentro de nosotros yace una sabiduría innata, una voz interior que no debemos ignorar ni subestimar. Conéctate con ella, escucha su susurro y permítele guiarte hacia tu auténtico propósito.
Recordemos que cada uno de nosotros forma parte de la inmensa sinfonía de la vida, aportando nuestras melodías únicas y hermosas. Somos los encargados de narrar nuestra propia historia, de tejer los hilos de nuestra existencia con amor y consciencia. En lugar de buscar respuestas fuera, volvamos la vista al alma y descubramos la magia que llevamos dentro.
Entonces, renunciemos a la idea de encontrar un maestro exterior o una fuente de inspiración externa. Seamos nuestros propios guías, aprendices incansables en el camino del crecimiento y la evolución. Abrazando la singularidad que poseemos y confiando en nuestra capacidad para forjar nuestro propio destino, descubramos pues, que tenemos todo lo necesario para crear una vida llena de significado y propósito.
Así que, dejemos de acumular maestros y permitamos que nuestra luz interior brille.
Recuerden que son luz, que son mágicos y pueden con todo.
Abracen su peculiaridad, abran las puertas a una hermosa sinfonía de autodescubrimiento y crecimiento. Confíen en ustedes mismos y sean la guía que necesitan, pues al final del día, cada uno de ustedes es un ser de luz único, capaz de marcar una diferencia en el mundo.