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  • ¿Una carta? ¿A mi yo del futuro? Vale.

    ¿Una carta? ¿A mi yo del futuro? Vale.

    Escribe una carta a tu yo de 100 años.

    Hola, viejo amigo.

    Hace tanto que no nos encontramos… La última vez que te vi fue cuando naciste, y ahora aquí estamos de nuevo, en el umbral del regreso. Ha sido un largo viaje, ¿verdad? Uno lleno de luz y de sombras, de silencios y batallas, de momentos en los que el alma pareció quebrarse y de otros en los que ardió con más fuerza que nunca.

    Pero mírate. Mírate bien. No con orgullo vacío ni con vanidad, sino con el respeto que merece un caminante que nunca dejó de andar. Sé lo que has vivido. Sé lo que dejaste atrás y lo que tuviste que sacrificar. Sé que la soledad no fue una elección impuesta, sino un refugio para preservar tu verdad. Sé del dolor de las renuncias, de los días en los que el mundo pareció estrecharse a tu alrededor, de las noches en las que la única compañía fue tu propia voz. Y aun así, aquí estás. No doblegado, no vencido, sino en paz con lo que fuiste y con lo que eres.

    Nunca fuiste de los que siguen a la multitud. Caminaste por senderos propios, muchas veces sin huellas previas, muchas veces sin mapas. Fuiste una oveja negra, sí, pero no una oveja perdida. Siempre supiste adónde ibas, aunque el camino fuera incierto. Siempre tuviste claro que la verdadera ceguera no es la de los ojos, sino la del espíritu que se rinde al miedo.

    Te llamaron raro, rebelde, obstinado. Dijeron que eras distinto. Y lo eras. No porque fueras mejor ni peor, sino porque elegiste ver lo que otros preferían ignorar. Porque decidiste pensar cuando era más fácil obedecer. Y porque entendiste que la libertad no es solo hacer lo que se quiere, sino asumir las consecuencias de vivir con integridad.

    Te tocó aprender a base de heridas. Desde niño supiste lo que era estar al margen, sentir el peso de las miradas que juzgan sin conocer. Te enfrentaste al bullying del patio de juegos y al de la vida adulta, que es aún más cruel porque se disfraza de normalidad. Pero jamás permitiste que te definieran. No te volviste amargo ni vengativo. Seguiste caminando.

    Tu misión fue escribir, y lo hiciste con el alma desnuda. No importó si fueron pocos los que escucharon; importó que cada palabra fuera honesta. Hablaste del amor propio, no como un eco vacío, sino como una verdad que se construye día a día. Recordaste al mundo que la voz que usamos con los demás es la misma que moldea nuestra propia alma. Nos enseñaste a no suponer, a no tomar todo como una afrenta, a dar lo mejor de nosotros en cada cosa, porque lo contrario es traicionarnos.

    No siempre buscaste explicaciones, pero hubo un momento en el que las respuestas te encontraron. No importa cómo, ni por qué, ni a quién se lo contaste. Lo que importa es que en ese instante entendiste algo que transformó tu camino. No hacía falta creer en nada para saber que el amor y la verdad eran la única guía real. Lo supiste entonces y lo sabes ahora.

    Venga, vámonos, que se nos hace tarde y se nos escapa el tren. Gabriel nos espera, y con él, toda la familia. Esa familia bonita de raíces color púrpura, la de siempre, la que nunca dejó de ser tuya. Nos esperan con los brazos abiertos. Vámonos, viejo amigo, que es hora de volver a casa.

    La verdad con amor y el amor de verdad, siempre.

    Katriel Quin.