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  • APAGA Y VÁMONOS:

    La oscuridad se volvió más opresiva, como si una presencia maligna se deslizara sigilosamente por las calles desiertas. El silencio, que anteriormente reinaba absoluto, era ahora interrumpido por los gritos desesperados de aquellos que eran arrastrados hacia la locura abisal. Mi corazón latía con angustia, mientras el terror se aferraba a mi piel como una fuerza insaciable, amenazando con devorarme en cualquier momento.

    El suministro de agua, o más bien su ausencia, se había convertido en una tortura inhumana. La sed insaciable nos consumía desde dentro, nuestros cuerpos se marchitaban y debilitaban ante la falta de ese líquido vital. El llanto desgarrador de mi hijo resonaba en mis oídos, su rostro desfigurado por la agonía y sus labios agrietados suplicando una sola gota de alivio que nunca llegaba.

    La escasez de alimentos nos arrastró a un abismo de salvajismo y desesperación. Las calles se convirtieron en un campo de batalla sangriento, donde la supervivencia se volvió la única ley. Los rugidos del hambre nos envolvían, convirtiéndonos en bestias hambrientas, dispuestas a todo para satisfacer el vacío que devoraba nuestros estómagos. La desesperación nos empujó más allá de los límites de nuestra humanidad, cegándonos ante los valores que alguna vez conocimos.

    Cada día, el número de cadáveres se multiplicaba, esparciendo un hedor fétido por las calles desoladas. Sus rostros desfigurados y ojos vacíos eran testigos mudos del sufrimiento inimaginable que asolaba a la humanidad. La muerte se había convertido en una compañera constante, acechándonos en cada esquina y recordándonos la fragilidad de nuestra existencia en este infernal mundo oscuro y desolado.

    Una malicia siniestra se cernía sobre nosotros mientras la oscuridad se expandía, como si las sombras retorcidas cobraran vida propia, devorando toda esperanza a su paso. El hambre atormentaba nuestros cuerpos hasta la locura, como una bestia salvaje que se alimentaba de nuestras entrañas, amenazando con extinguir cualquier chispa de humanidad que quedara en nosotros.

    Los cuerpos retorcidos y cadavéricos se retorcían y arrastraban sobre las calles, como si fueran marionetas macabras en busca de una ración de alivio inexistente. Los estantes de los supermercados, antaño rebosantes de vida y sustento, se asemejaban ahora a sepulcros saqueados, desolados y vacíos. Un hedor a descomposición saturaba el aire, mezclándose con el penetrante aroma metálico de la sangre y el sudor de aquellos condenados a luchar por un día más de vida.

    El terror, acechando en cada rincón como una bestia insaciable, convertía las calles en un laberinto de pesadillas. Los gritos de agonía y desesperación reverberaban en la silenciosa oscuridad de la noche, mientras los ojos sin vida de los niños reflejaban el horror que los consumía. Los ancianos, frágiles y debilitados, se convertían en presas fáciles de un destino inmisericorde, dejando tras de sí un legado de sabiduría perdido en el abismo de la sombra.

    Los rumores de atrocidades y canibalismo se propagaban como un veneno infernal, alimentando el pánico y la paranoia hasta límites insospechados. La violencia, desatada entre los supervivientes, borraba la línea que separaba la humanidad de la bestialidad, transformando a aquellos que aún mantenían su aliento en criaturas salvajes dominadas por la ley de la supervivencia más primitiva.

    En medio de ese desolador panorama, algunos encontraban consuelo en la solidaridad. Manos temblorosas se unían para compartir lo poco que quedaba, en un intento desesperado por recordar lo que significaba ser humano. En ese océano de oscuridad, un rayo de esperanza brillaba en cada acto de bondad y compasión, desafiando al destino y recordándonos que, incluso en los momentos más lúgubres, el espíritu humano puede resistir y encontrar la luz.

    El apagón se convirtió en un abismo sin fondo, engullendo cualquier atisbo de civilización y sumiendo al mundo en un caos infernal. Las calles se erigían como testigos mudos de la crueldad de la oscuridad, adornadas con cadáveres sin vida y edificios en ruinas, como monumentos a la desesperación. La humanidad, privada de su esencia, se arrastraba en busca de una esperanza esquiva, como sombras sin rumbo en un universo indiferente.

    La escasez de recursos se transformó en una crueldad despiadada que se ensañaba con los más vulnerables. El agua, convertida en un tesoro inalcanzable, provocaba una sed abrasadora que rasgaba gargantas y secaba almas hasta la extenuación. Los estómagos vacíos rugían como bestias salvajes, devorándose a sí mismos en un macabro espectáculo de supervivencia a cualquier costo. El inconfundible olor a muerte y descomposición se impregnaba en el aire, recordándonos en cada bocanada que éramos meros espectros en un mundo sombrío y desolado.

    Las cifras de víctimas se volvieron insoportables, con la muerte y el sufrimiento propagándose como una plaga imparable. Miles de Millones de personas perecieron, víctimas de la brutalidad de la oscuridad y la falta de insumos básicos para la vida. Los gritos de agonía y los lamentos desgarradores se entrelazaban en una sinfonía aterradora, una triste elegía que revelaba el colapso mismo de la humanidad.

    Sin embargo, surgió de las profundidades sombrías un destello de esperanza. Pequeñas comunidades se levantaron en la oscuridad, fomentando la solidaridad y la fraternidad en medio del caos. Unidos, enfrentaron desafíos insuperables, reconstruyendo los cimientos de un mundo nuevo y aprendiendo duras lecciones de supervivencia.

    El camino hacia la recuperación sería largo y tortuoso, pero la humanidad no se resignaría a desvanecerse en la oscuridad. Con valentía y determinación, se alzaría del abismo, guiada por el inquebrantable deseo de tejer un futuro más prometedor. Unidos en su resiliencia, construirían un nuevo mundo donde la empatía y la cautela servirían como pilares sobre los cuales erigir una nueva era de luz y esperanza.

    Katriel Quin.