Hay quienes no logran sentir el eco del otro. No escuchan el peso de sus palabras. No perciben el daño que causan, ni la ternura que reciben.
Cuando los tratas con amor, lo confunden con debilidad. Cuando los ayudas, creen que acaban de ganar una partida. No leen la intención; solo calculan la ventaja.
No es que odien: es que no sienten.
Viven midiendo el mundo en utilidad y control, sin darse cuenta de que esa misma medida los deja vacíos por dentro.
Tu tarea no es cambiarlos ni castigarlos.
Es ver con claridad, cuidar tu centro, amar sin desangrarte. Puedes desearles bien, pero desde la distancia, donde tu alma respira.
Porque amar no siempre es quedarse.
A veces, el amor más sabio es seguir caminando con el corazón abierto:
Sin rencor, sin cerrar la puerta, pero sin volver a cruzarla.
Si Cristo volviera hoy, lo clavarían en una cruz de luces y pantallas, y su martirio sería transmitido al mundo entero.
Primero lo alzarían como un ídolo, un faro que deslumbra las multitudes. Sería el milagro del momento, la figura que todos desearían seguir. Pero cuando el brillo se apagara y la novedad se desvaneciera, lo abandonarían, dejándolo caer como una hoja seca que ya no alimenta la raíz.
Imaginen el revuelo: alguien dice que un hombre llamado Jesús de Nazaret devuelve la vida a los muertos y convierte el agua en vino. Los escenarios más grandes del mundo lo reclamarían, y cada anfitrión de televisión buscaría el milagro que sellara su carrera. “Multiplica los panes y los peces aquí, frente a nuestras cámaras”, le dirían. “Habla tus verdades del monte, pero que sea en vivo, que todos lo vean”.
Los sanados por su toque, los leprosos curados, los ciegos que ahora ven, saltarían de un canal al otro contando sus historias, no por gratitud, sino por un contrato. Los productores pelearían por las palabras de Lázaro, el que cruzó la muerte y regresó. Incluso María, su madre, sería interrogada, su pureza convertida en duda o espectáculo.
Su vida, tan llena de maravilla y misterio, sería reducida a un drama vulgar. Las lenguas envidiosas lo pintarían con sombras, diciendo que su poder era un truco, que se movía entre pecadores y prostitutas, que conspiraba con criminales. Lo señalarían por cenas con publicanos y por una bondad que no entendían.
Y, como antes, surgirían los rostros familiares: un Judas que lo vendería por monedas, un Pedro que, por miedo, lo negaría. Habría un Tomás que exigiría tocar las heridas para creer y un Pilatos que, cobarde, lavaría sus manos. Y la multitud, esa marea que cambia con el viento, clamaría de nuevo por su sangre, prefiriendo al criminal antes que al justo.
Cristo no sería crucificado entre dos ladrones, sino entre nuestras propias contradicciones, entre el ruido y el olvido. Porque lo que no comprendemos, lo destruimos.
Y entonces, cuando todo termine, no quedará más que el eco de su voz, susurrando todavía: “Bienaventurados los que tienen hambre de verdad, porque ellos serán saciados.”
Que la paz esté con quienes aún buscan, y la luz con quienes aún creen.
LA VERDAD CON AMOR Y EL AMOR DE VERDAD, SIEMPRE.
De un texto de Jesús Quintero parafraseado por katriel Quin.
No suelo hablar de mí, no porque no me considere importante, sino porque siento que hay temas más relevantes que discutir. En mi vida, soy ciertamente importante: soy el protagonista de mi historia, el arquitecto de mi universo, y el creador de mi realidad, que se conecta y entrelaza con las realidades de quienes me rodean. Por ello, prefiero centrarme en temas que nos unen o nos separan, explorando esos lazos que se rompen o se forjan para siempre.
Este día de meditación profunda hacia mi propia esencia, en busca de mí ser más profundo, me doy cuenta que en esta meditación de hoy, lo importante radica en nuestra incapacidad para comprender lo que sucede a nuestro alrededor, en vivir en un mundo donde parece que lo único que importa es la satisfacción personal. Hoy, los valores han cambiado, y lo material se ha convertido en la medida de importancia para muchos, dejando de lado lo que realmente sentimos o quiénes somos.
Actualmente, no solo se juzgan las acciones; también se evalúan pensamientos y emociones. Parece que mi verdad es menos valiosa que otras, ya que solo se valida aquella que sirve a quienes la promueven, incluso si es una falsedad.
Descubrí que la vida es mucho más extensa que lo que somos capaces de percibir. Recuerdo cuando mi abuela decía: «Nada es lo que parece», y ahora entiendo cuán cierto era. Solía confiar en lo que veía y sentía, pero he aprendido que muchas veces lo que oímos no es cierto. Nos hemos vuelto expertos en ocultar lo real, guardando trucos bajo la manga y cediendo al engaño.
El secreto está en reconocer que solo vemos lo que nos permiten creer. La verdad se esconde a simple vista, y ver con claridad se convierte en un lujo. Nos enseñan a observar únicamente aquello que quieren que veamos.
Al final, lo que importa no es quién eres, sino que encuentres una salida a la jaula en la que nuestras vidas están atrapadas. La vida no se detiene a esperar mientras intentamos entenderla. Como en el ajedrez, cuando comprendemos las reglas, puede que ya sea demasiado tarde. La existencia es efímera, y lo crucial es vivirla plenamente sin dejar que el tiempo se nos escape entre los dedos.
Soy consciente de que somos más que cuerpo; somos alma. Y es en esa esencia espiritual donde buscamos la verdad y el amor que deseo compartir a través de mis palabras.
Cada uno de nosotros es especial, como si tuviéramos una luz única. A veces, cuando vemos a alguien que actúa de manera distinta o tiene gustos que no son comunes, podemos llamarlo “raro” sin pensarlo bien. Pero ser diferente no debería hacernos sentir mal.
Buscar ser “normal” puede hacernos olvidar quiénes somos realmente. En ese intento de encajar, a veces dejamos de lado lo que nos hace únicos. Quizás te gusten cosas que otros no entienden, como vestir de una forma creativa, estudiar algo poco habitual o soñar con algo que pocos imaginan.
Esas diferencias son, en realidad, lo que te hace especial. Cada una de ellas brilla dentro de ti y contribuye a la diversidad que hace que nuestro mundo sea tan hermoso. En lugar de sentirte avergonzado por ser diferente, tal vez deberías sentirte orgulloso de ser quien eres.
Cuando te aceptas a ti mismo, también inspiras a otros a ser auténticos. Ser tú es un regalo para el mundo. Al abrazar tu individualidad y conectar con los demás, creamos un espacio en el que todos pueden ser quienes son y donde brillan las diferentes luces de cada persona.
Recuerda que cada uno tiene su camino y que al compartir nuestra esencia, el mundo se vuelve un lugar más rico y lleno de color.