Vivimos tiempos en los que la información nos cae encima por todas partes. Un día dicen una cosa, y al siguiente, justo lo contrario. Hay voces que gritan, otras que susurran, y entre tanta confusión, muchas personas terminan en un estado que ni siquiera saben nombrar: desconfían de todo, dudan de todos, y al final se sienten perdidas, sin saber dónde poner su atención ni qué camino seguir.
Esto no es casual. Es algo que está muy estudiado y que funciona muy bien para que la mente humana se bloquee. Cuando entramos en ese estado, dejamos de mirar dentro de nosotros y empezamos a mirar fuera, buscando respuestas en un mar revuelto donde es difícil ver con claridad.
Hoy solo quiero recordarte algo sencillo: no estás solo en este lío, y no eres menos que nadie por sentirte así. A muchos les pasa. Pero también es cierto que, si paramos un momento, respiramos y volvemos a escuchar la voz tranquila que todos llevamos dentro, podemos empezar a distinguir entre el ruido y lo verdadero.
No hace falta desconfiar de todo, ni creerlo todo. Basta con volver a conectar con ese sentido común que a veces se nos adormece entre tanta saturación. Y poco a poco, sin prisas, la niebla se va aclarando y cada uno encuentra su propio norte.
No estoy aquí para decirte qué pensar. Solo para recordarte que es posible pensar por ti mismo, sin miedo y sin ruido. Y que a veces, el primer paso no es buscar más información fuera, sino hacer silencio dentro.
La verdad con amor y el amor de verdad, siempre. katriel Quin.
Cuéntanos alguna ocasión en la que no actuaste, pero te arrepientes de no haberlo hecho. ¿Qué habrías hecho de otra forma?
La verdad es que no suelo arrepentirme de lo que hice o dije… ni siquiera de lo que no hice. Creo que todo acto —o incluso la ausencia de él— tiene su porqué, y ese porqué a veces no se entiende en el momento, pero más adelante revela su sentido.
No creo que el destino esté escrito desde que nacemos. Más bien pienso que hay algo más grande que se mueve por encima de nuestro propio plan personal. A veces actuamos sin saber por qué, o dejamos de actuar sin entenderlo… pero eso no quiere decir que fallamos. Simplemente no éramos del todo conscientes. Y no lo digo para justificar nada, sino para decir que, muchas veces, hay fuerzas invisibles en juego.
Llámalo ley del espejo, del reflejo, del karma o como tú quieras. Para mí, son maneras que tiene el universo, o Dios, o la fuente, de enseñarnos. Porque al final, cada persona que se cruza en nuestro camino es un reflejo, un maestro, alguien que nos muestra algo de nosotros mismos.
Así que no me arrepiento, porque hasta cuando me he quedado quieto, sin actuar, estaba aprendiendo. Y ese aprendizaje también vale.
No creo en los días duros o suaves. Creo en cómo uno decide vivir lo que sucede. Lo que cambia no es el día, ni las circunstancias, sino nuestra reacción ante ellas. A veces reaccionamos con paz, otras con tormenta, pero lo importante es entender que eso nace de dentro, no de fuera.
Lo que me relaja no es algo externo, es recordarme que tengo la capacidad de sostenerme en cualquier momento. Que la verdadera calma no se encuentra en lo que hago después del día, sino en cómo elijo vivirlo desde dentro.
LA VERDAD CON AMOR Y EL AMOR DE VERDAD, SIEMPRE. Katriel Quin.
Hay un momento en la vida en que uno se cansa de buscar fuera.
Te das cuenta de que el ruido de los demás solo distrae, que las opiniones del mundo no te salvan… y que lo que de verdad necesitas no está en ningún lugar externo.
No necesitas que te den la razón, ni que te entiendan, ni que te acompañen.
Tampoco necesitas seguridades prestadas ni apoyos que se tambalean con el tiempo.
Lo que buscas —aunque no siempre lo sepas— es paz. Y esa paz no viene de tenerlo todo resuelto… viene de dentro.
La verdad no grita, no discute, no entra en debates.
La verdad, cuando es tuya, se siente.
Y cuando la sientes, no hay forma de que nadie te la arrebate, porque no está basada en creencias, sino en certezas profundas.
Puedes estar rodeado de dudas, pero si dentro hay claridad, el ruido no afecta.
Por eso, si algo te confunde, no te pierdas preguntando a todo el mundo.
Ve hacia dentro.
Calla el mundo, escucha tu alma… y espera.
La verdad no siempre llega rápido, pero cuando llega… todo encaja.
Entonces caminas en paz, sin necesidad de explicar, convencer ni defenderte.
Solo sigues tu camino.
Con la cabeza alta, el corazón en calma… y el alma en su sitio.
¿Sueles rechazar las cosas que se interponen con tus objetivos?
La verdad es que nunca suelo distraerme con nada en el camino, pero sí es cierto que, a base de golpes, he aprendido que cada piedra, cada brisa, cada persona, sentimiento o cosa que se interpone en mi camino lo hace por una razón: trae un valioso mensaje para mí.
Es algo imposible de explicar, pero te aseguro que, al final de cada encuentro, entenderás que nunca te irás a dormir siendo la misma persona que despertó esa mañana. Somos el resultado de todas esas situaciones que vivimos a diario desde que llegamos a esta tierra, a esta loca vida, que, en lugar de vivirla, muchas veces nos limitamos a ignorarla. Nos distraemos con la nostalgia del pasado o nos robamos la calma con la incertidumbre del futuro, aferrándonos al miedo de perder aquello que creemos que nos pertenece… cuando en realidad, nada nos pertenece. Todo es un préstamo, y el día en que volvamos a casa tendremos que dejarlo todo atrás, incluido el cuerpo.
Así que acumula momentos felices, porque eso es lo único que realmente te llevarás: los instantes que vivas contigo y con los demás. Porque cuando llegue el momento de partir, no habrá maletas, ni cuentas pendientes, ni segundas oportunidades. Solo quedará el eco de cómo viviste y el rastro que dejaste en los corazones que tocaste.
Cada palabra que lanzamos a los demás, puede convertirse en una roca en la balanza del destino: cada juicio que emitimos es una invitación a ser juzgados, cada opinión que ofrecemos es un puente tendido hacia nuestra propia intimidad. No se trata de temor a la crítica, sino del respeto sagrado por la libertad ajena. Así como el viento no le pregunta a la montaña cómo sostenerse, ni el río le exige al mar que lo guíe, cada alma tiene su cauce y su destino. Si mi camino no tropieza con el suyo, ¿por qué habría de desviar su curso con mi voz?
Hace tanto que no nos encontramos… La última vez que te vi fue cuando naciste, y ahora aquí estamos de nuevo, en el umbral del regreso. Ha sido un largo viaje, ¿verdad? Uno lleno de luz y de sombras, de silencios y batallas, de momentos en los que el alma pareció quebrarse y de otros en los que ardió con más fuerza que nunca.
Pero mírate. Mírate bien. No con orgullo vacío ni con vanidad, sino con el respeto que merece un caminante que nunca dejó de andar. Sé lo que has vivido. Sé lo que dejaste atrás y lo que tuviste que sacrificar. Sé que la soledad no fue una elección impuesta, sino un refugio para preservar tu verdad. Sé del dolor de las renuncias, de los días en los que el mundo pareció estrecharse a tu alrededor, de las noches en las que la única compañía fue tu propia voz. Y aun así, aquí estás. No doblegado, no vencido, sino en paz con lo que fuiste y con lo que eres.
Nunca fuiste de los que siguen a la multitud. Caminaste por senderos propios, muchas veces sin huellas previas, muchas veces sin mapas. Fuiste una oveja negra, sí, pero no una oveja perdida. Siempre supiste adónde ibas, aunque el camino fuera incierto. Siempre tuviste claro que la verdadera ceguera no es la de los ojos, sino la del espíritu que se rinde al miedo.
Te llamaron raro, rebelde, obstinado. Dijeron que eras distinto. Y lo eras. No porque fueras mejor ni peor, sino porque elegiste ver lo que otros preferían ignorar. Porque decidiste pensar cuando era más fácil obedecer. Y porque entendiste que la libertad no es solo hacer lo que se quiere, sino asumir las consecuencias de vivir con integridad.
Te tocó aprender a base de heridas. Desde niño supiste lo que era estar al margen, sentir el peso de las miradas que juzgan sin conocer. Te enfrentaste al bullying del patio de juegos y al de la vida adulta, que es aún más cruel porque se disfraza de normalidad. Pero jamás permitiste que te definieran. No te volviste amargo ni vengativo. Seguiste caminando.
Tu misión fue escribir, y lo hiciste con el alma desnuda. No importó si fueron pocos los que escucharon; importó que cada palabra fuera honesta. Hablaste del amor propio, no como un eco vacío, sino como una verdad que se construye día a día. Recordaste al mundo que la voz que usamos con los demás es la misma que moldea nuestra propia alma. Nos enseñaste a no suponer, a no tomar todo como una afrenta, a dar lo mejor de nosotros en cada cosa, porque lo contrario es traicionarnos.
No siempre buscaste explicaciones, pero hubo un momento en el que las respuestas te encontraron. No importa cómo, ni por qué, ni a quién se lo contaste. Lo que importa es que en ese instante entendiste algo que transformó tu camino. No hacía falta creer en nada para saber que el amor y la verdad eran la única guía real. Lo supiste entonces y lo sabes ahora.
Venga, vámonos, que se nos hace tarde y se nos escapa el tren. Gabriel nos espera, y con él, toda la familia. Esa familia bonita de raíces color púrpura, la de siempre, la que nunca dejó de ser tuya. Nos esperan con los brazos abiertos. Vámonos, viejo amigo, que es hora de volver a casa.
Pues que el ego es una presencia constante en nuestra existencia, como una sombra que nos sigue a donde vamos. No es un enemigo ni un intruso. Es parte de nosotros, una voz que susurra en nuestros pensamientos, que se esconde en nuestras palabras, que tiñe nuestras acciones con su sutil influencia. A veces nos protege, otras nos traiciona, pero siempre está ahí, moviendo los hilos invisibles de nuestras emociones y decisiones.
Nos gusta creer que lo controlamos, que lo hemos trascendido. Pero el ego es astuto. Se viste de humildad cuando quiere engañarnos, se disfraza de altruismo cuando aún busca reconocimiento, se esconde detrás de la modestia cuando en el fondo espera ser visto. No se marcha cuando creemos haberlo vencido; simplemente cambia de forma.
Pero, ¿qué es realmente el ego? No es solo orgullo ni vanidad, no es solo la creencia de ser mejores o más importantes. Es también esa punzada en el pecho cuando no recibimos el reconocimiento esperado. Es la incomodidad cuando otros brillan más que nosotros, la herida oculta cuando alguien elige a otro antes que a nosotros. Es esa sensación de injusticia cuando, a pesar de haber dado lo mejor, la vida parece favorecer a otros.
El ego es quien nos hace preguntarnos:
¿Por qué no me valoran como yo valoro?
¿Por qué mi esfuerzo no da los frutos que esperaba?
¿Por qué el destino premia a unos y castiga a otros?
Es el ego el que nos compara, el que nos convence de que debemos demostrar, justificar, sobresalir. Nos dice que debemos proteger nuestra imagen, que mostrar vulnerabilidad es un riesgo, que fallar nos hace menos valiosos. Nos obliga a construir máscaras: una para la sociedad, otra para la familia, otra para los amigos… y en el proceso, a veces olvidamos cuál es nuestro verdadero rostro.
Pero el ego, que tantas veces nos hace tropezar, no es el villano de esta historia. Es un maestro disfrazado de obstáculo, una lección envuelta en desafío. No se trata de eliminarlo, porque su energía es parte de nuestra humanidad. Pero sí podemos transformarlo.
Cuando dejamos de buscar afuera la validación que solo puede encontrarse dentro, el ego comienza a perder poder. Cuando nos atrevemos a mirar nuestras heridas sin miedo, sin vergüenza, sin el deseo de encubrirlas con éxitos o reconocimiento, el ego se silencia.
No se trata de aniquilarlo, sino de domesticarlo. De hacer que su voz sea un susurro y no un grito. De aprender a escuchar sin obedecer.
Cuando el ego deja de ser nuestro amo y se convierte en nuestro sirviente, descubrimos que podemos celebrar sin arrogancia, brillar sin eclipsar, amar sin poseer. Aprendemos a poner límites sin violencia, a reconocer nuestra valía sin la necesidad de aplausos, a caminar sin la carga de la aprobación ajena.
El ego nunca desaparece del todo. Seguirá susurrándonos dudas, comparaciones, miedos. Pero cuando nos volvemos conscientes de su juego, dejamos de ser sus prisioneros. Entonces sucede algo maravilloso: nos descubrimos más grandes que él.
Porque no somos nuestro ego. Somos la consciencia que lo observa. Somos el espacio silencioso entre los pensamientos. Somos la calma detrás de la tormenta emocional.
Y en esa verdad, en ese despertar, encontramos la libertad.
La libertad de ser, sin demostrar.
La libertad de amar, sin esperar.
La libertad de existir, sin miedo.
Porque habremos recordado quiénes somos en realidad. Y eso, el ego jamás podrá arrebatárnoslo.