
Había una vez un niño llamado Tomás, que vivía en un pequeño pueblo en una isla del océano. Enclavada en la única y escarpada roca más alta de la isla, su casa ofrecía una vista de ensueño del vasto paisaje marino.
Tomás tenía un secreto: estaba enamorado de lo que él creía que era una montaña humeante situada en la isla vecina de al lado. Una montaña de 3.718 metros sobre el nivel del mar, era imposible no advertir su presencia en el horizonte. Su reluciente cresta se destacaba majestuosamente contra el cielo azul, y atraía la atención del joven como una misteriosa sirena.
Día tras día, Tomás observaba con asombro y admiración a su amada montaña. No importaba cuánto tiempo pasara, esa figura distante siempre lo dejaba hipnotizado.
Una tarde de sol, una anciana del pueblo, sabia por sus años y experiencias, visitó a Tomás. Al ver su amor incondicional por la montaña, ella compartió una profunda verdad que había guardado durante años: la montaña, en realidad, era un volcán.
Tomás, sorprendido y asombrado, no pudo creer lo que escuchaba. De repente, su atracción por la montaña adquirió un nuevo significado. En lugar de sentir miedo, embarcó en una aventura para llegar a la isla vecina y comprender más sobre esa misteriosa montaña que se había convertido en un volcán.
Tras un viaje lleno de desafíos y experiencias enriquecedoras, Tomás finalmente arribó a las costas de la isla con el volcán. Con cada paso que daba hacia su cima, el niño podía sentir esas vibraciones que solo el amor genuino y la curiosidad pueden desatar.
Al llegar a la cumbre, Tomás pudo apreciar toda la belleza de su alrededor, el mundo a sus pies, y la energía contenida en el corazón del coloso. Aunque sabía que el volcán podía despertar en cualquier momento, eso no disminuía su amor y admiración por él.
Tomás aprendió, a través de su viaje, que el amor no está exento de peligros y sorpresas, pero también descubrió que es ese misterio y la fuerza que nos empuja hacia lo desconocido lo que vitaliza el corazón y nos ayuda a abrazar el mundo en toda su diversidad.
Desde entonces, el niño se dedicó a estudiar los volcanes y a compartir sus conocimientos con los demás, transmitiendo la importancia de apreciar y proteger nuestras enigmáticas montañas humeantes. Y allí, en vida y legado de Tomás, el niño y sus dos amores, el misterio y la maravilla del volcán seguirían viviendo.
A medida que Tomás crecía, su amor por su montaña volcán lo guió hacia el estudio de los volcanes. Después de años de dedicación, se convirtió en el primer vulcanólogo en la historia de su isla. Sin embargo, a pesar de su éxito, los lugareños no compartían su aprecio por la montaña lejana.
Un día, notó un repentino cambio en la actividad del volcán que amaba. La montaña humeante parecía despertar, y Tomás sintió un profundo temor. Trató de advertir a los habitantes de las islas cercanas, pero nadie le creía. El escepticismo de la gente se tornó en risas y burlas, y Tomás se sintió más descorazonado que nunca.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que la tierra comenzó a temblar, y el volcán mostró su poder en toda su magnitud. La explosión fue tan espectacular que todos los que la presenciaron quedaron boquiabiertos.
Tomás contempló con asombro y preocupación cómo el amado volcán al que dedicó su vida estudiando entraba en erupción. Sabía que las risas y la incredulidad cesarían, pero eso no era lo importante. Tomás tenía un deber hacia sus compatriotas y hacia aquellos que vivían en las islas cercanas.
A pesar de la oposición que enfrentó, Tomás había preparado meticulosamente un plan de evacuación en caso de que este día llegara. Decidió que era el momento de actuar y comenzó a implementarlo. Convincente y valiente, compartió sus conocimientos sobre el volcán y la erupción con aquellos que antes se habían burlado de él.
Venciendo el miedo y asumiendo la responsabilidad del liderazgo, Tomás guió eficazmente a sus compatriotas y a los habitantes de las islas cercanas hacia lugares seguros. Su determinación y dedicación hicieron la diferencia en aquella situación tan difícil, salvando innumerables vidas.
Aunque la erupción arrasó gran parte de su hogar y cambió el paisaje de las islas, también reveló a Tomás como un verdadero héroe. La montaña humeante que había capturado su corazón, le llevó a encontrar su propósito y demostrar a todos que el amor y la dedicación, incluso en los momentos más oscuros, pueden llevar al cambio y al bienestar.
Desde aquel trágico episodio, Tomás fue reconocido por su valentía y conocimientos. Aunque todos lamentaron la destrucción causada por el volcán, encontraron consuelo en su resiliencia, y en la forma en que un niño que se sentaba en la roca más alta de la isla, enamorado de un lejano volcán humeante, fue capaz de guiarlos para enfrentar el mayor desafío de sus vidas.
Fin.
Autor: katriel Quin.
Deja un comentario